23 de junio | Devocional: Exaltad a Jesús | Alumnos en la escuela de Cristo

Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Salmos 1:2.

La mente que se explaya mucho en la voluntad de Dios revelada al hombre se fortalecerá en la verdad. Los que leen y estudian con un profundo deseo de recibir luz divina, sean ministros o no, encontrarán en las Escrituras una belleza y una armonía que cautivarán su atención, elevarán sus pensamientos y les proporcionarán una inspiración y una energía de argumento que resultarán ser poderosos para convencer y convertir a las almas…

El salmista declara acerca del hombre recto: “En la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche”. Al referirse a su propia experiencia, exclama: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”. Salmos 119:97. “Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos”. Vers. 148…

Jesús dijo a sus discípulos: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Mateo 11:29. Quisiera suplicarles a los que han aceptado la posición de maestros, que primero aprendan a ser alumnos humildes, y a permanecer siempre como estudiantes en la escuela de Cristo para recibir del Maestro lecciones de mansedumbre y humildad de corazón. La humildad de espíritu, combinada con una actividad intensa, resultará en la salvación de las almas compradas a tan alto precio por la sangre de Cristo… “La fe sin obras es muerta”. Santiago 2:20. El Señor necesita esa clase de fe que obra por el amor y purifica el alma. Una fe viviente en Cristo colocará cada acción de la vida y cada emoción del alma en armonía con la verdad y la justicia divinas.

El mal humor, la exaltación propia, el orgullo, la pasión y cualquier otro rasgo de carácter desemejante a nuestro Modelo sagrado, debe ser vencido; entonces la humildad, la mansedumbre y una gratitud sincera a Jesús por su gran salvación fluirán continuamente de la fuente purificada del corazón. La voz de Jesús debería escucharse en el mensaje procedente de los labios de su embajador…

Si las personas que dejan oír las solemnes notas de amonestación para este tiempo pudieran darse cuenta de su responsabilidad ante Dios, entonces percibirían la necesidad que tienen de la oración ferviente. Cuando las ciudades se acallaban con el sueño de medianoche, cuando cada persona se había recogido en su casa, Cristo como nuestro ejemplo se dirigía al Monte de los Olivos, y allí, en medio de los árboles umbrosos, pasaba la noche entera en oración. Aquel que no tenía la menor mancha de pecado—un verdadero tesoro de bendiciones; cuya voz escucharon los aterrados discípulos a la cuarta vigilia de la noche sobre el mar en tempestad, impartiendo la bendición del cielo, y cuyas palabras podían levantar a los muertos de sus tumbas—era quien hacía suplicación con fuertes sollozos y lágrimas. No oraba por sí mismo, sino por aquellos a quienes había venido a salvar.—Testimonies for the Church 4:526-528.

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DEVOCIONAL

EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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