23 de enero | Devocional: Ser Semejante a Jesús | Contestación a las oraciones de una madre piadosa

Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. 1 Samuel 1:27.

Elcana, un levita del monte de Efraín, era un hombre rico y de mucha influencia, que amaba y temía al Señor. Su esposa Ana era una mujer de piedad fervorosa.
De carácter amable y modesto, se distinguía por una seriedad profunda y una fe muy grande.
A esta pareja le había sido negada la bendición tan vehementemente deseada por todo hebreo. Su hogar no conocía la alegría de las voces infantiles; y el deseo de perpetuar su nombre había llevado al marido a contraer un segundo matrimonio, como lo hicieron muchos otros. Pero este paso, inspirado por la falta de fe en Dios, no significó felicidad. Se agregaron hijos e hijas a la casa; pero se había mancillado el gozo y la belleza de la institución sagrada de Dios, y se había quebrantado la paz de la familia. Penina, la nueva esposa, era celosa e intolerante, y se conducía con mucho orgullo e insolencia. Para Ana, toda esperanza parecía estar destruida, y la vida le parecía una carga pesada; no obstante, soportaba la prueba con mansedumbre y sin queja alguna…
Confió a Dios la carga que ella no podía compartir con ningún amigo terrenal.
Fervorosamente pidió que él le quitase su oprobio, y que le otorgase el precioso regalo de un hijo para criarlo y educarlo para él. Hizo un voto solemne, a saber, que si se le concedía lo que pedía, dedicaría su hijo a Dios desde su nacimiento…
Le fue otorgado a Ana lo que había pedido; recibió el regalo por el cual había suplicado con tanto fervor. Cuando miró al niño, lo llamó Samuel, “demandado de Dios”. Tan pronto como el niño tuvo suficiente edad para ser separado de su madre, cumplió ella su voto…
De Silo, Ana regresó quedamente a su hogar en Ramataim, dejando al niño Samuel para que, bajo la instrucción del sumo sacerdote, se lo educase en el servicio de la casa de Dios. Desde que el niño diera sus primeras muestras de inteligencia, la madre le había enseñado a amar y reverenciar a Dios, y a considerarse a sí mismo como del Señor. Por medio de todos los objetos familiares que le rodeaban, ella había tratado de dirigir sus pensamientos hacia el Creador.
Cuando se separó de su hijo no cesó la solicitud de la madre fiel por el niño… No pedía para él grandeza terrenal, sino que solicitaba fervorosamente que pudiese alcanzar la grandeza que el cielo aprecia, que honrara a Dios y beneficiara a sus conciudadanos.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 614-618.

DEVOCIONAL SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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