23 de agosto | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | ¡Vive, pecador, vive!

Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad. Salmos 30:4.

Si pensáramos más en Jesús y habláramos más de él y menos de nosotros mismos, tendríamos mucho más de su presencia. Si moráramos en él, estaríamos tan llenos de paz, fe y valor, y tendríamos una experiencia tan victoriosa que relatar cuando asistiéramos a la reunión, que otros se sentirían animados con nuestro testimonio claro y robusto con Dios. Cuando estos preciosos agradecimientos, dados en alabanza de la gloria de su gracia, van respaldados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible, que redunda en la salvación de las almas.

El lado alegre y brillante de la religión estará representado por todos los que se consagran a Dios diariamente. No deberíamos deshonrar a nuestro Señor con el relato triste de aflicciones que parecen deplorables. Todas las pruebas que se reciben como agentes educadores producirán gozo. Toda la vida religiosa constituirá una experiencia edificante, elevadora, ennoblecedora, fragante con buenas palabras y obras. El enemigo está muy contento de tener almas deprimidas y tristes; desea que los no creyentes obtengan una impresión equivocada acerca del efecto de nuestra fe. Pero Dios quiere que la mente viva en un nivel superior. Su deseo es que cada alma triunfe mediante el poder sustentador del Redentor…

En las misericordiosas bendiciones que nuestro Padre celestial ha derramado sobre nosotros, podemos discernir evidencias innumerables de un amor infinito y una tierna piedad muy superiores a la simpatía ansiosa de una madre por su hijo descarriado. Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, descubrimos misericordia, ternura y perdón mezclados con equidad y justicia. En las palabras de Juan exclamamos: “Mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. 1 Juan 3:1. En medio del trono vemos a Uno que lleva en sus manos, pies, y costado las marcas del sufrimiento que tuvo que soportar para reconciliar al hombre con Dios, y a Dios con el hombre. La misericordia incomparable nos revela a un Padre infinito, que mora en luz inaccesible, y sin embargo está dispuesto a recibirnos mediante los méritos de su Hijo. A la luz que se refleja desde la cruz, la nube de venganza que antes amenazaba únicamente con miseria y desesperación, ahora revela la Escritura de Dios: “¡Vive, pecador, vive! ¡Vivan, almas penitentes y creyentes! Yo pagué el rescate”.

Tenemos que reunimos alrededor de la cruz. Cristo y este crucificado debe ser el tema de nuestra contemplación, conversación y más gozosa emoción. Deberíamos celebrar reuniones especiales de alabanza, con el propósito de mantener fresco en nuestros pensamientos todo lo que recibimos de Dios, y de expresar nuestra gratitud por su gran amor, a la vez que nuestra determinación de confiarle todo a la Mano que fue clavada en la cruz por nosotros… Necesitamos aprender a hablar el lenguaje de Canaán y a cantar los cánticos de Sion.—The Southern Watchman, 7 de marzo de 1905.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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