22 de agosto | Devocional: Exaltad a Jesús | Los obreros de Dios

Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. 2 Corintios 4:17.

Si Pablo, afligido por todos lados, perplejo y perseguido, pudo referirse a sus pruebas como tribulaciones leves, ¿de qué tiene que quejarse el cristiano de hoy? ¡Cuán insignificantes son nuestras pruebas en comparación con las muchas aflicciones de Pablo! No son dignas de compararse con el eterno peso de gloria que espera al vencedor. Las pruebas son los obreros de Dios, ordenadas para el perfeccionamiento del carácter…

¡Cuántas personas hay que contristan al Espíritu de Dios debido a sus quejas continuas! Lo hacen porque han perdido de vista a Cristo. Si contemplamos a Aquel que soportó nuestras tristezas y murió como sacrificio nuestro para que nosotros tuviéramos acceso al excelente peso de gloria, no podremos menos que considerar nuestros sufrimientos y pruebas más pesados como tribulaciones leves. Piensen en el Salvador en la cruz, herido, golpeado, vilipendiado; sin embargo no se quejó ni se resistió, sino que sufrió sin murmurar. Este es el Señor del cielo, cuyo trono existe desde la eternidad. Padeció todo este sufrimiento y vergüenza a cambio del gozo que le había sido ofrecido: el gozo de traer a los seres humanos el regalo de su vida eterna.

Cuando se fija la atención sobre la cruz de Cristo, todo el ser se ennoblece. El conocimiento del amor del Salvador subyuga el alma, y eleva la mente por encima de las cosas del tiempo y los sentidos. Aprendamos a valorar todas las cosas temporales a la luz que brilla de la cruz. Esforcémonos por sondear las profundidades de humillación a las cuales descendió nuestro Salvador con el fin de hacer que el hombre poseyera las riquezas eternas. A medida que estudiamos el plan de redención, el corazón sentirá los latidos del amor del Salvador, y quedará cautivado por el encanto de su carácter.

Es el amor de Cristo lo que constituye nuestro cielo. Pero el lenguaje nos falla cuando tratamos de describir este amor. Pensamos acerca de su vida en la tierra y de su sacrificio hecho en nuestro favor; pensamos en la obra que lleva a cabo en los cielos como abogado nuestro, de las mansiones que fue a preparar para los que le aman; y tan sólo podemos exclamar: “¡Oh, la altura y la profundidad del amor de Cristo!” Al permanecer un momento al pie de la cruz, obtenemos un débil concepto de lo que es el amor de Dios, y exclamamos: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. 1 Juan 4:10. Pero en nuestra contemplación de Cristo sólo exploramos el borde de un amor que es inmensurable. Su amor es como un vasto océano sin playa ni fondo.

En todo discípulo verdadero este amor es como el fuego sagrado, que se enciende sobre el altar del corazón. Fue en esta tierra donde el amor de Dios se reveló por intermedio de Jesús. Y es en esta misma tierra donde sus hijos harán que este mismo amor brille a través de sus vidas intachables. De ese modo los pecadores serán conducidos a la cruz, para contemplar al Cordero de Dios.—The Review and Herald, 6 de mayo de 1902.

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