21 de octubre 2020 | Devoción Matutina para Jóvenes | Hermana Elizabeth Kenny

Levanto la vista hacia las montañas, ¿viene de allí mi ayuda? ¡Mi ayuda viene del Señor, quien hizo el cielo y la tierra! Salmo 121:1,2.

Elizabeth Kenny, de 23 años de edad, cabalgaba por el solitario desierto australiano, efectuando una carrera contra el tiempo. Pronto llegó a una choza de madera instalada debajo de unos gigantescos eucaliptos.

-¡Gracias a Dios que ha llegado! -dijo el Sr. MacNiel mientras la ayudaba a bajar del caballo.

-¿Qué sucede?

-Es Amy. No se puede mover y tiene mucho dolor.

Al entrar en la pequeña choza, encontró a Amy, de dos años de edad, inmóvil en el catre. Trató de enderezarle la piernecita, que tenía encogida casi hasta la barbilla. Súbitamente la niña gritó de dolor. Elizabeth se sintió confundida, y sin saber qué hacer, se arrodilló al lado de la cama y oró:

-Dios, ayúdame, pues no sé qué hacer.

Entonces pensó en el Dr. McDonnell. Se dirigió al pueblo más cercano. De allí envió un telegrama y se sentó a esperar la respuesta. Esta decía: “Parálisis infantil. Se desconoce su tratamiento. Haz lo mejor que puedas”.

Elizabeth abandonó la oficina de telégrafos. Afuera la esperaba Rayo, su caballo. Si el médico no sabía qué hacer, entonces ¿cómo podría ella, una enfermera sin entrenamiento, saber cómo ayudar? Con una mano sobre el cuello del caballo, levantó los ojos al cielo estrellado y repitió un versículo que había aprendido de niña: “Levanto la vista hacia las montañas, ¿viene de allí mi ayuda?”

Cuando regresó a la choza, volvió a examinar a la niña. Parecía que sus músculos estaban contraídos. El calor debería relajarlos. Al principio intentó usar cataplasmas de sal seca, pero la niña lloraba de dolor. Luego probó una cataplasma con semilla de linasa, y obtuvo el mismo resultado.

-Tal vez lo que necesito sea calor húmedo -murmuró tomando una frazada vieja de lana y cortándola en pedazos.

Luego sumergió las tiras en agua muy caliente. Después de exprimirlas, envolvió la piernecita de la niña con ellas. Al instante dejó de quejarse y pudo conciliar el sueño. Elizabeth continuó su tratamiento de agua caliente durante varios días. Una vez que desapareció por completo el dolor y la niña hubo relajado sus músculos, le enseñó a Amy a usar sus piernas nuevamente.

Fue la primera vez que una persona con polio se recuperara sin quedar paralítica. Posteriormente, el tratamiento de agua caliente descubierto por la Hermana Kenny fue adoptado por los hospitales de todo el mundo.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA JÓVENES 2020



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