21 de noviembre | Una religión radiante | Elena G. de White | La ley, consejera de la felicidad

«Me consumo anhelando sin cesar tus decisiones. Tú reprendes a los soberbios, maldito quien se aparte de tus mandatos. Aleja de mí la burla y la mofa, que yo guardo tus mandamientos. Aunque conspiren contra mi los poderosos, tu siervo medita tus normas. Tus mandatos son mi deleite, ellos son mis consejeros». Salmo 119: 20-24, LPH

SIENDO LA LEY DEL AMOR el fundamento del gobierno de Dios, la felicidad de todos los seres inteligentes depende de su completo acuerdo con los grandes’principios de justicia de esa ley. Dios desea de todas sus criaturas el servicio que nace del amor, de la comprensión y del aprecio de su carácter. No se complace en una obediencia forzada, y otorga a todos libre albedrío para que puedan servirle voluntariamente.— Patriarcas y profetas, cap. 1, p. 13.
El gran propósito de Dios al llevar a cabo sus providencias, es probar a los seres humanos, darles la oportunidad de desarrollar el carácter. Así él verifica si son obedientes o desobedientes a sus mandamientos. Las buenas obras no compran el amor de Dios, pero revelan que poseemos ese amor. Si rendimos a Dios nuestra voluntad, no trabajaremos a fin de ganar el amor de Dios. Su amor, como un don gratuito, será recibido en el alma, y por amor a él nos deleitaremos en obedecer sus mandamientos.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 22, p. 226.
«¡Cuánto amo yo tu Ley!¡Todo el día es ella mi meditación!
Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo». Salmo 119:97-98

DEVOCIONAL ADVENTISTA
UNA RELIGIÓN RADIANTE
Reflexiones diarias para una vida cristiana feliz
Elena G. de White

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