21 de diciembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Entrada triunfal y coronación

«Afortunado el que mantiene la fe cuando es tentado, porque recibirá el premio de la vida eterna que Dios ha prometido a los que lo aman». Santiago 1:12, PDT

HABLEMOS DE LAS REALIDADES CELESTIALES. Hablemos de Jesús, de su misericordia y de su gloria, y también de su imperecedero amor por nosotros, y permitamos que de nuestro corazón mane amor y gratitud hacia él, que murió para salvamos.
¡Ojalá estemos todos realmente en paz, listos para encontrar a nuestro Señor! Aquellos que estén preparados, pronto recibirán una inmarcesible corona de vida, y morarán eternamente en el reino de Dios, con Cristo, con los ángeles y todos los redimidos por la sangre de Cristo.— The Youth’s Instructor, diciembre de 1852.
A aquellos que aman, y aguardan anhelantes, la venida del Salvador, se les colocará […] una corona de gloria. Los que esperan son los que serán coronados de gloria, honor e inmortalidad.
No hace ninguna falta que hablemos […] de los honores mundanales, o de las alabanzas de los que el mundo considera grandes. Todo ello es vanidad. Si el dedo de Dios simplemente los tocara, pronto volverían al polvo nuevamente.
Que nuestro gran anhelo sea el honor que es perdurable, el honor que es inmortal, el honor imperecedero. Una corona así es mucho más valiosa que cualquier corona que jamás haya adornado la frente de un monarca.— Review and Herald, 17 de agosto de 1869.
Los que no quisieron que reinara Cristo sobre ellos, lo verán rodeado por la multitud de los redimidos, cada uno con la insignia: «Jehová, justicia nuestra» (Jer. 23: 6; 33:16). […]
En aquel día los redimidos resplandecerán en la gloria del Padre y de su Hijo. Los ángeles del cielo, tañendo sus áureas arpas, darán la bienvenida al Rey y a los que constituyen los trofeos de su victoria, aquellos que «han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero» (Apoc. 14: 12). Brotará entonces un himno de triunfo, que llenará todo el cielo. Cristo ha vencido. Penetra en los atrios celestiales acompañado por sus redimidos, que constituyen el testimonio de que su misión de sufrimiento y abnegación no ha sido en vano.— Review and Herald, 24 de noviembre de 1904.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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