20 de noviembre | Una religión radiante | Elena G. de White | La ley, garantía de la vida eterna

«Mi vida está siempre en peligro, pero yo no me olvido de tu ley. […]yo no me he apartado de tus mandamientos.

Tengo tu palabra como herencia eterna, porque ella me alegra el corazón. De corazón me dispongo a cumplir tus estatutos siempre, hasta el fin de mis días». Salmo 119: 109-112, RVC

CRISTO VINO A MANIFESTAR la naturaleza de su ley, a revelar en su carácter la belleza de la santidad. Cristo vino al mundo con el amor acumulado de toda la eternidad. Al eliminar las exigencias que hacían gravosa la ley de Dios, demostró que es una ley de amor, una expresión de la bondad divina. Demostró que la obediencia a sus principios entraña la felicidad de la humanidad, y con ella la estabilidad, el mismo cimiento y armazón de la sociedad.

Lejos de contener requisitos arbitrarios, la ley de Dios nos ha sido dada como protección. El que acepta sus principios es preservado del mal. La lealtad a Dios implica lealtad al prójimo. De ese modo, la ley protege los derechos y la individualidad de todo ser humano. Prohíbe al superior oprimir, y al subalterno desobedecer. Asegura nuestro bienestar, tanto para este mundo como para el venidero. Para el obediente es la garantía de la vida eterna, porque expresa los principios que permanecen para siempre.— La educación, cap. 8, p. 70.

«Grita que la hierba se seca, y las flores se marchitan, cuando Dios lanza sobre ellas el viento del desierto. En cambio, la palabra de Dios permanece para siempre». Isaías 40: 7-8, TLA

 

DEVOCIONAL ADVENTISTA

UNA RELIGIÓN RADIANTE

Reflexiones diarias para una vida cristiana feliz

Elena G. de White

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