2 de noviembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | El santuario que yo soy

«Cuando Dios los salvó, en realidad los compró, y el precio que pagó por ustedes fue muy alto. Por eso deben dedicar su cuerpo a honrar y agradar a Dios». 1 Corintios 6: 20, TLA

«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?». 1 Corintios 6:19, RV77

EL DESARROLLO PERSONAL ES NUESTRO primer deber hacia Dios y hacia nuestros semejantes. Hemos de cultivar hasta el más alto grado de perfección posible todas las facultades con las que el Creador nos ha dotado, a fin de que podamos dar de nosotros mismos lo mejor de que somos capaces. Así que, nuestra dedicación al cuidado y el mantenimiento en buen estado de la salud física y mental, nunca será tiempo perdido.— Conducción del niño, cap. 63, p. 392.
Somos creación de Dios, su obra maestra, hechos para un propósito elevado y santo.
El Señor desea grabar, con su propio dedo todopoderoso, su ley en todas y cada una de las células de nuestro organismo. Cada nervio y músculo, cada facultad intelectual, moral y física debe ser conservada en el mayor grado de pureza posible.
El propósito de Dios es que nuestro cuerpo sea el «santuario del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios» (1 Cor. 6: 19, RV77). Por lo tanto, la responsabilidad que descansa sobre cada uno de nosotros es tremendamente solemne.
Nuestra influencia personal se ejerce para bien o para mal. Si perjudicamos a nuestro cuerpo, no solo nos hacemos daño a nosotros mismos, sino a muchos otros.
Los cristianos estamos obligados ante Dios a mantener la mente, el cuerpo y el espíritu libres de toda contaminación, porque hemos sido comprados por el más elevado de los precios. […]
Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a formar hábitos que perjudiquen la función saludable de la mente ni de los diversos órganos del cuerpo. El que pervierte sus facultades está profanando el templo del Espíritu Santo. […]
Los que se entregan al consumo del tabaco y el alcohol, no saben apreciar su razón ni su inteligencia. No se dan cuenta del valor de las facultades que Dios les ha dado para que las cultiven y mejoren.— Manuscrito 130, 1899.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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