2 de noviembre | Devocional: Exaltad a Jesús | En las cortes celestiales

Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Hebreos 7:25.

El Redentor del mundo poseía el poder de atraer a los hombres hacia él, de aquietar sus temores, de disipar su lobreguez, de inspirarlos con esperanza y valor, de capacitarlos para creer en la buena voluntad de Dios de recibirlos mediante los méritos del Sustituto divino. Como objetos del amor de Dios, siempre debiéramos estar agradecidos porque tenemos un Mediador, un Abogado, un Intercesor en las cortes celestiales, que suplica por nosotros ante el Padre.

Tenemos todo lo que pudiéramos pedir para inspirarnos fe y confianza en Dios. En las cortes terrenales, cuando un rey quiere dar máxima garantía que asegure su veracidad, da a su hijo como rehén, para ser rescatado cuando se cumpla la promesa del rey. Y he aquí, qué prenda de la fidelidad del Padre, porque cuando quiso asegurar a los hombres de la inmutabilidad de su consejo, dio a su unigénito Hijo para que viniera a la tierra y tomara la naturaleza humana, no sólo por los cortos años de vida, sino para retener esa naturaleza en las cortes celestiales como garantía eterna de la fidelidad de Dios. ¡Oh, profundidad de las riquezas tanto de la sabiduría como del amor de Dios!…

Mediante la fe en Cristo, llegamos a ser hijos de la familia real, herederos de Dios y coherederos con Jesucristo. Somos uno en Cristo. Al mirar el Calvario y ver al Doliente regio que, en la naturaleza del hombre y para él, llevó la maldición de la ley, son raídas todas las distinciones nacionales, todas las diferencias sectarias; se pierde todo el honor de las jerarquías, todo el orgullo de castas.

La luz que brilla del trono de Dios sobre la cruz del Calvario para siempre pone fin a las separaciones hechas por el hombre entre clases y razas. Hombres de todas las clases llegan a ser miembros de una familia, hijos del Rey celestial, no mediante el poder terrenal, sino mediante el amor de Dios que dio a Jesús para que llevara una vida de pobreza, aflicción y humillación, para que muriera una muerte de vergüenza y agonía, a fin de que él pudiera llevar a muchos hijos e hijas a la gloria.

No es la posición, no es la sabiduría finita, no son las cualidades, no son los dones de una persona los que la colocan en eminencia en la estima de Dios. El intelecto, la razón, los talentos de los hombres son los dones de Dios que han de ser empleados para la gloria divina, para la edificación de su reino eterno. Lo que es de valor a la vista del cielo es el carácter espiritual y moral, y éste es el que sobrevivirá a la tumba y será hecho glorioso con inmortalidad por los siglos infinitos de la eternidad… Tan sólo los que han apreciado la gracia de Cristo, que los ha hecho herederos de Dios y coherederos con Jesús, se levantarán de la tumba llevando la imagen de su Redentor.—Mensajes Selectos 1:302-303.

DEVOCIONAL: EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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