2 de marzo | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | Cristo en su trono es sacerdote

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Hebreos 4:14.

En el templo celestial, la morada de Dios, su trono está asentado en juicio y en justicia. En el lugar santísimo está su ley, la gran regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que contiene las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual Cristo ofrece su sangre a favor del pecador. Así se representa la unión de la justicia y de la misericordia en el plan de la redención humana…

Como sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. En el trono, en compañía del Dios eterno que existe por sí mismo, está Aquel que “ha llevado nuestros padecimientos, y con nuestros dolores… se cargó” (Isaías 53:4), quien fue “tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin pecado”. Hebreos 4:15… “Si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el Justo”. 1 Juan 2:1 (VM). Su intercesión es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida inmaculada. Las manos heridas, el costado abierto, los pies desgarrados, abogan en favor del hombre caído, cuya redención fue comprada a tan infinito precio.—El Conflicto de los Siglos, 467-469.

La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en la cruz… De los defectos de carácter se vale Satanás para intentar dominar toda la mente, y sabe muy bien que si se conservan estos defectos, lo logrará. De ahí que trate constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de que les es imposible vencer. Pero Jesús aboga en su favor con sus manos heridas, su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirle: “Bástate mi gracia”. 2 Corintios 12:9… Nadie considere, pues, sus defectos como incurables. Dios concederá fe y gracia para vencerlos.—Ibid. 543, 544.

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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