19 de enero | Devocional: Alza tus ojos |  La familia terrenal reflejo de la celestial

«Por eso yo me arrodillo delante del Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe su nombre toda familia en los cielos y en la tierra». Efesios 3: 14-15, RVC

La iglesia elige a ciertas personas para que colaboren con el Señor en la edificación del cuerpo de Cristo. Las madres y los padres que obedecen la Palabra de Dios forman parte del cuerpo de Cristo. Educan y forman a sus hijos de acuerdo con las Sagradas Escrituras, preparándolos para permanecer bajo el estandarte de Cristo. Son los testigos de Dios, que muestran al mundo que se desenvuelven bajo la dirección del Espíritu Santo. Cristo es su modelo y educan a sus hijos de tal manera que conozcan a Dios.

En la oración que Cristo ofreció en beneficio de sus discípulos, justamente antes de ser traicionado y crucificado, dijo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17: 3). ¿No debiera acaso cada familia de la tierra ser una representación de la familia celestial? ¿No debieran escucharse cantos de alabanza y gratitud en todos los hogares?

Una familia en cuyo seno se manifiesta amor a Dios y de los unos por los otros, cuyos miembros no se irritan, sino que son pacientes, tolerantes y amables, es un reflejo de la familia celestial. Sus componentes comprenden que son parte de la gran familia del cielo. Mediante las leyes de dependencia mutua se les enseña a confiar en Cristo que es cabeza de la iglesia. Si uno de sus miembros sufre, todos los demás sufren; el sufrimiento de uno entraña el sufrimiento de los otros. Esto debiera enseñar a la juventud a cuidar de ñus cuerpos, a velar por la preservación de la salud, porque cuando sufren a causa de la enfermedad, toda la familia sufre.

Los hombres y mujeres que sirven cabalmente a Dios conducirán a sus familias de tal manera que representen correctamente la religión de Cristo. Enseñarán a sus hijos a ser pulcros y útiles, a compartir las cargas del hogar, y a no permitir que sus padres hagan ninguna tarea que ellos pueden realizar. De esta manera el padre y la madre quedarán más aliviados, y todos los miembros de La familia compartirán la bendición de estar siempre dispuestos a ayudarse mutuamente.

Por qué los padres y madres no se acercan a Jesús tal como son, en busca de su gracia perdonadora y de su poder sanador? ¿Por qué no ruegan ser dotados con aptitudes que les permitan dirigir sus familias correctamente? (…)

Se roba a Dios cuando los hombres y las mujeres no se relacionan con él de modo que sus pensamientos, su espíritu y sus talentos puedan ser controladas por el Espíritu Sanio. La familia de Dios en la tierra debiera cooperar en total armonía con los instrumentos designados por el Señor en la tarea de moldear el carácter humano de acuerdo ton la semejanza divina.— Manuscrito 1, 19 de enero de 1899, «Unidad, afabilidad y amor».

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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