19 de diciembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Con Cristo para siempre

«Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor». 1 Tesalonicenses 4: 15-17

JESÚS VIENE, pero no como en su primer advenimiento, como el niño de Belén, ni como el que entró cabalgando en Jerusalén, mientras sus discípulos alababan a Dios en alta voz y exclamaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!» (Juan 12: 13), sino con la gloria de su Padre, con todo el séquito de los santos ángeles consigo para escoltarlo en su regreso a la tierra. El cielo quedará vacío de ángeles. Mientras tanto, los santos que lo esperan estarán mirando al cielo, como los «varones galileos» (Hech. 1:11, RVC) cuando ascendió desde el Monte de los Olivos. Luego, solamente los que son santos, los que han seguido íntegramente al manso Modelo, exclamarán con gozoso arrobamiento al contemplarlo: «¡He aquí, este es nuestro Dios! Le hemos esperado, y nos salvará» (Isa. 25: 9). Y serán transformados «en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta» (1 Cor. 15: 52), esa trompeta que resucita a los santos dormidos y los llama a levantarse de sus lechos de polvo, revestidos de gloriosa inmortalidad, exclamando: «¡Victoria! ¡Victoria! sobre la muerte y el sepulcro». Los santos transformados son arrebatados junto con ellos para encontrar al Señor en el aire, para no separarse nunca más del objeto de su amor.— Review and Herald, 10 de junio de 1852.
Cristo ha sido un compañero diario y un amigo familiar para sus fieles seguidores, que han vivido en contacto íntimo, en constante comunión con Dios. Sobre ellos ha nacido la gloria del Señor. En ellos se ha reflejado la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Ahora se regocijan en los rayos no empañados de la refulgencia y la gloria del Rey en su majestad. Están preparados para la comunión del cielo; pues tienen el cielo en su corazón.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 29, p. 347.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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