16 de septiembre | Dios nos cuida | Elena G. de White | Amor incomparable

La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. Juan 17:22-23.

¡Oh, qué amor, qué amor incomparable! Los caídos seres humanos pueden llegar a estar tan íntimamente unidos con Cristo que sean glorificados con él. Han seguido sus pisadas en esta tierra, trabajando como él por las almas por las cuales murió, y cuando venga a buscar a los suyos entrarán en su gozo, y se sentarán junto a su mesa en su reino. “Donde yo estuviere—dice él—, allí también estará mi servidor”. Juan 12:26…
¡Qué maravilloso pensamiento es que nosotros, pobres y caídos pecadores, podemos llegar a ser uno con Cristo, participantes de su naturaleza divina, refinados, purificados y glorificados! Podemos vencer y sentarnos con Cristo. Seremos hechos a su imagen. Nos ama, y nos ayudará. Debemos ser pasivos en sus manos.
Tenemos su promesa. Disponemos de los títulos de propiedad en el reino de gloria. Jamás fueron redactados títulos de propiedad tan estrictamente de acuerdo con la ley, o más cuidadosamente firmados, que los que le dan derecho al pueblo de Dios a las mansiones celestiales. “No se turbe vuestro corazón—dice Cristo—; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. Juan 14:1-3…
Todos los que quieren pueden acogerse a las promesas del pacto. Enorme es el precio que se pagó por nuestra redención: la sangre del unigénito Hijo de Dios. Cristo fue puesto a prueba mediante aguda aflicción. Su naturaleza humana fue probada al máximo. Cargó con la pena de muerte que merecía la transgresión del hombre. Se convirtió en la garantía y el sustituto del pecador. Es capaz de mostrar el fruto de sus sufrimientos y su muerte mediante su resurrección de entre los muertos. Desde el sepulcro abierto de José resuena esta proclama: “Yo soy la resurrección y la vida. Los que creen en mí, y hacen las obras de justicia que yo hago, son justificados, santificados, emblanquecidos y probados. Han obtenido piedad y vida eterna”

DEVOCIONAL DIOS NOS CUIDA
Elena G. de White

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