16 de octubre | Devocional: Alza tus ojos | Permanezcan en Cristo

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Juan 15:4.

Cristo permite que las aflicciones acosen a sus seguidores para que puedan ser guiados a buscar al Señor más fervientemente. Por lo tanto cuando sobrevengan las pruebas, no piensen que el Señor es su enemigo. El tiene motivos para la purificación. No desea que ustedes se desanimen, sino que los prueba para ver si le serán fieles y si se conducirán prudentemente en cualquier circunstancia. No desea apartarlos, sino acercarlos al Señor. En Dios se halla la única esperanza del cristiano en tiempos de perplejidad.

No hablen con los demás acerca de sus tribulaciones, puesto que ellos también tienen bastante que soportar de su propia parte, y nuestros amigos humanos no siempre pueden entender. Es su privilegio acudir al Unico que siempre entenderá, porque su vida en la tierra fue de constantes pruebas y perplejidades, soportadas sin defecto ni pecado…

No es suficiente que de vez en cuando oren, y se comporten con justicia. Deben poseer los atributos que Cristo, morando en ustedes, desarrollará en sus vidas continuamente. ¿Cuántos de nosotros vivimos esta experiencia? No obstante podemos tenerla y, teniéndola, seremos la gente más feliz sobre la faz de la tierra. Con la palabra de Cristo que mora en nosotros, daremos evidencias de que hemos recibido totalmente a Aquel que en su humanidad vivió una vida sin pecado. En la fortaleza de la divinidad venceremos toda tendencia al mal…

La diferencia entre el carácter de Cristo y el de otros hombres de sus días era totalmente evidente; y por esta diferencia el mundo lo odiaba. Lo aborrecía por su bondad y su estricta integridad. Y Cristo declaró que los que evidenciaran las mismas cualidades serían aborrecidos del mismo modo. A medida que nos aproximamos al fin del tiempo este odio hacia los seguidores de Jesús irá creciendo cada vez más.

Cristo tomó la humanidad y cargó con el odio del mundo para poder mostrar a los hombres y las mujeres que podían vivir sin pecado, que sus palabras, sus acciones y su espíritu podían ser consagradas a Dios. Podemos ser perfectos cristianos si manifestamos este poder en nuestras vidas. Cuando la luz del Cielo descanse continuamente en nosotros, representaremos a Cristo. Fue la justicia revelada en su vida lo que lo diferenció del mundo y provocó su odio…

Las palabras de Cristo están dirigidas a su pueblo en todos los tiempos: a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos.—Manuscrito 97, del 16 de octubre de 1909, “Yo soy la verdadera vid”, sermón predicado en San José, California, EE. UU.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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