16 de noviembre | La maravillosa gracia de Dios | Elena G. de White | En deuda

Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Mateo 6:12.

Aquí se solicita una gran bendición en forma condicional. Nosotros mismos establecemos esas condiciones. Pedimos que la misericordia de Dios hacia nosotros sea medida por la misericordia que manifestamos a los demás. Cristo declara que ésta es la regla mediante la cual Dios tratará con nosotros: “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”. Mateo 6:14, 15. ¡Maravillosos términos! Pero cuán poco comprendidos y practicados son. Uno de los pecados más comunes y que produce los resultados más perniciosos es el sometimiento a un espíritu no perdonador. Cuántos albergan animosidad o deseos de venganza y acto seguido se inclinan delante de Dios para pedirle que los perdone como ellos perdonan. Ciertamente no pueden tener una verdadera comprensión de la importancia de esta oración, pues si así no fuera no se atreverían a pronunciarla. Dependemos de la misericordia perdonadora de Dios cada día y a cada hora. ¿Cómo podemos, entonces, albergar amargura y malignidad hacia nuestros semejantes pecadores?—Testimonies for the Church 5:170.
El hecho de que nos encontremos bajo una obligación tan grande hacia Cristo nos enfrenta con la más sagrada obligación hacia aquellos por quienes murió para redimirlos. Debemos manifestar hacia ellos la misma simpatía, la misma tierna compasión y el amor abnegado que Cristo manifestó hacia. nosotros.—;Ibid.
El que no perdona suprime el único conducto por el cual puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que a menos que confiesen su culpa los que nos han hecho daño, tenemos razón para no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo hacia los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas. Por mucho que nos hayan ofendido, no debemos pensar de continuo en los agravios que hemos sufrido ni compadecernos de nosotros mismos por los daños. Así como esperamos que Dios nos perdone nuestras ofensas, debemos perdonar a todos los que nos han hecho mal.—El Discurso Maestro de Jesucristo, 92, 93.

DEVOCIONAL LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS
Elena G. de White

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