16 de noviembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Pensando nada más que en la verdad

«Asi Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina». 2 Pedro 1: 4, NVI

ES DEBER DE TODO HIJO DE DIOS atesorar en su mente las verdades divinas. Cuanto más lo haga más vigor y claridad de pensamiento desarrollará para sondear «incluso lo más profundo de Dios» (1 Cor. 2: 10, LPH), y será cada vez más firme y sincero, a medida que lo vaya poniendo en práctica en su vida diaria los principios de la verdad.
Nada más beneficioso para todo el mundo que una genuina espiritualidad. El que está en armonía con Dios, dependerá constantemente de él para obtener fortaleza. «Sean ustedes perfectos así como su Padre que está en el cielo es perfecto»(Mat. 5: 48, PDT).
Lo prioritario en nuestra vida ha de ser progresar constantemente para alcanzar la perfección del carácter, esforzándonos siempre por amoldamos a la voluntad de Dios. Los esfuerzos iniciados en la tierra continuarán durante toda la eternidad. Los avances hechos aquí nos pertenecerán cuando entremos en la vida eterna.
Los que son participantes de la humildad, la pureza y el amor de Cristo, se gozarán en Dios y esparcirán luz y alegría a su alrededor. El pensamiento de que Cristo murió para regalarnos el don de la vida eterna basta para poner de manifiesto en nuestro corazón la gratitud más sincera y ferviente, y obtener de nuestros labios la alabanza más entusiasta.
Las promesas de Dios son abundantes, plenas y gratuitas. Cualquiera que, por el poder de Cristo, cumpla con los requisitos, podrá reclamar esas promesas, con toda su riqueza de bendiciones, como propias. Y al recibir abundante provisión del almacén de Dios, podrá en la peregrinación de la vida «andar como es digno del Señor, agradándole en todo» (Col. 1: 10), siendo bendición para sus semejantes y honrando a Dios con su piadoso ejemplo.
Nuestro Salvador nos amonesta advirtiéndonos: «Separados de mí nada podéis hacer», y ha unido a su advertencia, para nuestro estímulo, la grata seguridad de que «el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto» (Juan 15: 5).— Review and Herald, 20 de septiembre de 1881.

DEVOCIONAL ADVENTISTA
HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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