16 de febrero | Devocional: Ser Semejante a Jesús | Jesús da poder para obedecer

Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo, según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hebreos 4:15, 16.

Satanás representa la divina ley de amor como una ley de egoísmo. Declara que nos es imposible obedecer sus preceptos. Imputa al Creador la caída de nuestros primeros padres, con toda la miseria que ha provocado, e induce a los hombres y a las mujeres a considerar a Dios como autor del pecado, del sufrimiento y de la muerte. Jesús había de desenmascarar este engaño. Como uno de nosotros, había de dar un ejemplo de obediencia. Para eso tomó sobre sí nuestra naturaleza y pasó por nuestras vicisitudes. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos”. Hebreos 2:17.
Si tuviésemos que soportar algo que Jesús no soportó, en ese detalle Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente para nosotros. Por lo tanto, Jesús fue “tentado en todo según nuestra semejanza”. Soportó toda prueba a la cual estamos sujetos. Y no ejerció en su favor poder alguno que no nos sea ofrecido generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y venció en la fuerza que Dios le daba. Él dice: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”. Salmos 40:8.
Mientras andaba haciendo bien y sanando a todos los afligidos de Satanás, demostró claramente a los seres humanos el carácter de la ley de Dios y la naturaleza de su servicio. Su vida testifica que para nosotros también es posible obedecer la ley de Dios.
Por su humanidad, Cristo tocaba a la humanidad; por su divinidad, se asía del trono de Dios. Como Hijo del Hombre nos dio un ejemplo de obediencia; como Hijo de Dios nos imparte poder para obedecer…
Cristo fue tratado como nosotros merecemos, con el fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, con el fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. Él sufrió la muerte nuestra con el fin de que pudiésemos recibir la vida suya. “Por su llaga fuimos nosotros curados”. Isaías 53:5.—El Deseado de Todas las Gentes, 15-17.

DEVOCIONAL SER SEMEJANTE A JESÚS
Elena G. de White

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