16 de febrero | Devocional: Alza tus ojos |  Agradecidos a Dios

«El que ofrece sacrificios de alabanza me honrará, y al que ordene su camino, le mostraré la salvación de Dios». Salmo 50: 23

DIOS DESEA QUE VALOREMOS debidamente el maravilloso plan de la salvación, que lleguemos a comprender nuestro enorme privilegio como pueblo de Dios, y que caminemos delante de él en obediencia, con agradecido reconocimiento. Así que espera que con gozo, y día tras día, «andemos en novedad de vida» (Rom. 6: 4, RVA). Espera asimismo que la gratitud surja de nuestros corazones porque tenemos acceso al propiciatorio, el trono de la gracia; porque nuestros nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero; porque podemos poner «todas nuestras preocupaciones en las manos de Dios» (1 Ped. 5:7, TLA), pues él cuida de nosotros. Nos anima a regocijarnos porque somos la herencia del Señor, porque la justicia de Cristo es el manto de sus santos y porque tenemos la bendita esperanza del pronto regreso de nuestro Salvador.

Alabar a Dios continuamente y con sinceridad de corazón es un deber tan sagrado como orar. Debemos mostrar a todas las inteligencias celestiales que apreciamos el maravilloso amor de Dios por la humanidad caída, y que estamos esperando bendiciones más grandes, e incluso mayores, de su infinita plenitud. Necesitamos hablar de todos los episodios positivos de nuestra experiencia mucho más de lo que solemos hacerlo. Después de un derramamiento especial del Espíritu Santo, nuestro gozo en el Señor, así como nuestra eficiencia en su servicio, aumentarán grandemente al hacer el recuento de sus bondades y de sus impresionantes actuaciones en favor de sus hijos.

Un testimonio así tendrá influencia sobre los demás. No podemos emplear medio más efectivo para ganar almas para Cristo. Y nuestro amor debe manifestarse no solamente con palabras sino con hechos, con un servicio personal abnegado. Cristo dice: «No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos» (Mat. 7: 21).

En su oración a su Padre dijo de sus discípulos: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo» (Juan 17: 18). […] Y por el Espíritu Santo nos advierte mediante el apóstol Pedro: «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas» (1 Ped. 4: 10, NVI).

El Señor desea que se cumplan en nosotros los propósitos de su gracia. Por el poder de su amor y mediante la obediencia, el hombre caído, un gusano en el polvo, debe ser transformado y capacitado para ser miembro de la familia celestial, compañero de Dios, de Cristo y de los santos ángeles a través de las edades eternas. El Cielo triunfará, porque lugares dejados vacantes por Satanás y su hueste serán ocupados por los redimidos del Señor.— Manuscrito 21, 16 de febrero de 1900, «La manifestación del amor de Dios».

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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