15 de septiembre | La fe por la cual vivo | Elena G. de White | La obra más importante

Que nuestros hijos sean como plantas crecidas en su juventud; nuestras hijas como las esquinas labradas a manera de las de un palacio. Salmos 144:12.

“En los hijos confiados a su cuidado, toda madre tiene un santo ministerio que ha recibido de Dios. ‘Toma a este hijo, a esta hija,’ le dice; ‘edúcamelo; fórmale un carácter pulido, labrado para el edificio del templo, para que pueda figurar para siempre en las mansiones del Señor.’”—El Ministerio de Curación, 355.
“El hogar debe ser para los niños el sitio más atrayente del mundo, y la presencia de la madre en él debe ser su mayor atractivo…. Por medio de suave disciplina, de palabras y actos cariñosos, las madres pueden conquistar sus corazones.”—Ibid. 367.
“Hay un Dios en lo alto y la luz y gloria de su trono iluminan a la madre fiel que procura educar a sus hijos para que resistan a la influencia del mal. No hay obra que se pueda comparar en importancia con la suya. La madre no tiene, a semejanza del artista, alguna hermosa figura que pintar en un lienzo, ni como el escultor, que cincelarla en mármol. Tampoco tiene, como el escritor, algún pensamiento noble que encarnar en poderosas palabras, ni que expresar, como el músico, algún hermoso sentimiento en melodías. Su tarea consiste, con la ayuda de Dios, en desarrollar la imagen divina en un alma humana.”—Ibid. 356.
“La educación del niño es la obra más importante que haya sido confiada a los mortales. El niño pertenece al Señor y desde el momento en que es un infante en brazos de su madre debe ser educado para él.”—The Review and Herald, 8 de julio de 1902.

DEVOCIONAL LA FE POR LA CUAL VIVO
Elena G. de White

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