15 de diciembre | Hijos e Hijas de Dios | Elena G. de White | Nos ama como a su Hijo

«Y no te ruego solo por ellos; te ruego también por todos los que han de creer en mí por medio de su mensaje. […]
Yo les he comunicado la gloria con que tú me has glorificado, de manera que sean uno, como lo somos nosotros. Como tú vives en mí, vivo yo en ellos para que alcancen la unión perfecta y así el mundo reconozca que tú me has enviado y que los amas a ellos como me amas a mí». Juan 17: 20-22, LPH

EL SEÑOR JESÚS ESTÁ INFLUYENDO en los corazones humanos mediante la manifestación de su misericordia y gracia abundante. Está efectuando transformaciones tan sorprendentes que Satanás, con todos sus alardes de triunfo, con toda su confederación de impíos unidos contra Dios y las leyes de su gobierno, se queda observándolos al notar que se asemejan a un baluarte inexpugnable ante sus ardides y engaños. Constituyen para él un misterio incomprensible.
Los ángeles de Dios, serafines y querubines, las potestades designadas para cooperar con los instrumentos humanos, contemplan con asombro y gozo el hecho de que los seres humanos caídos, que anteriormente «éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Efe. 2: 3), gracias a la enseñanza de Cristo van desarrollando caracteres según la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios, a fin de desempeñar una parte importante en las actividades y goces del cielo.
Cristo ha dado a su iglesia amplias facilidades para poder recibir una abundante recompensa de gloria de parte de la posesión que él ha adquirido con su sangre. La iglesia, al estar dotada de la justicia de Cristo, es su receptáculo en el cual aparecerán en una manifestación plena y final los tesoros de su misericordia, su amor y su gracia.
La declaración de Jesús en su oración intercesora (Juan 17), en el sentido de que el amor del Padre es tan grande hacia nosotros como hacia él, el Hijo unigénito, y que estaremos con él donde él esté, siendo para siempre uno con Cristo y el Padre, es algo que asombra a la hueste celestial y constituye su gran gozo. El don del Espíritu Santo, pleno y abundante, debe ser para su iglesia como un muro de fuego que la circunda, contra el cual los poderes de las tinieblas no prevalecerán.— Testimonios para los ministros, cap. 1, pp. 18-19.

DEVOCIONAL HIJOS E HIJAS DE DIOS
Elena G. de White

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