14 de octubre | Devocional: Nuestra Elevada Vocación | Cuando el silencio es elocuencia

Los necios se mofan del pecado: más entre los rectos hay favor. Proverbios 17:9.

El salmista dice: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿quién residirá en el monte de tu santidad? El que anda en integridad, y obra justicia, y habla verdad en su corazón. El que no detrae con su lengua, ni hace mal a su prójimo, ni contra su prójimo acoge oprobio alguno”. Salmos 15:1-3. Cuando alguien viene a vosotros para contaros algo acerca de vuestro vecino, debéis rehusar escucharlo. Deberíais decirle: “¿Le habéis hablado de esto a la persona interesada?” … Decidle que debe obedecer al mandamiento de la Biblia, e ir primero a su hermano, y decirle privadamente su falta, y con amor. Si se obedecieran las instrucciones de Dios, se cerrarían las compuertas del chisme.
Cuando vengan a visitaros vuestros vecinos y amigos, habladles del amor maravilloso de Jesús. Regocijaos por su intercesión en favor del hombre perdido. Habladles a vuestros amigos del amor que tenéis por sus almas, porque son la adquisición de la sangre de Cristo. Que Dios no permita que hagamos la senda de otros cansados viajeros más dura al aumentar sus errores y al erigirnos en jueces de sus acciones. Que Dios nos ayude para que hablemos palabras de consuelo, de esperanza y valor para alegrar la vida de la persona solitaria, de la que está desanimada y de la que yerra.—The Review and Herald, 28 de agosto de 1888.
Cuando os sentís tentados a hablar impremeditadamente, prestad atención. Si alguna persona se os acerca con palabras de crítica acerca de uno de los hijos de Dios, no la escuchéis. Si se os habla con dureza, no contestéis en la misma forma. No pronunciéis una palabra. Cuando estéis bajo la provocación, recordad que “el silencio es elocuencia”. El silencio es el reproche más grande que podéis hacer a un criticón, o a una persona que se encuentra irritada.— Manuscrito 95, 1906, pp. 17.
Deberíamos tener el propósito de introducir en nuestra vida todas las cosas placenteras que sea posible, y de realizar todos los actos bondadosos posibles en bien de aquellos que nos rodean. Las palabras bondadosas nunca se pierden. Jesús las registra como si se hubieran pronunciado para él. Sembrad las semillas de la bondad, del amor, y de la ternura, y florecerán y llevarán fruto.—Manuscrito 33, 1911.

DEVOCIONAL: NUESTRA ELEVADA VOCACIÓN
Elena G. de White

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Devocional

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