13 de noviembre | Exaltad a Jesús | Elena G. de White | Fe manifestada en la expiación

Para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo. Hebreos 6:18-19.

Cuando se comience a sentir desanimado, mire a Jesús y tenga comunión con él. Cuando piense que sus hermanos no lo comprenden, recuerde que Jesús, su Hermano Mayor, nunca se equivoca. El lo juzgará justamente. Las palabras que Cristo pronunció en el día grande de la fiesta tienen un significado y poder extraordinarios. Levantando su voz dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Juan 7:37. Nadie tiene que ser empujado hacia Cristo. A nosotros nos corresponde acudir a él, la fuente de vida, y hacerlo por propia elección. ¿Por qué no habríamos de acudir a Cristo, en quien se centra nuestra esperanza de vida eterna? Las lecciones que Cristo nos ha hecho llegar no son máximas trilladas; están llenas de pensamiento vital. Pero a nosotros nos corresponde apropiarnos de la verdad divina. El apóstol Pablo nos exhorta a echar mano de la esperanza que nos ofrece el Evangelio. Debemos apropiarnos de las promesas de Dios por medio de la fe, y aprovechar las abundantes bendiciones que Cristo Jesús ha obtenido para nosotros. Delante de nosotros ha sido colocada una esperanza, la esperanza de la vida eterna. Nuestro Redentor no quedará satisfecho con darnos nada menos que esta bendición; pero es deber nuestro asirnos de esta esperanza por medio de la fe en Aquel que la prometió. Podemos esperar que sufriremos; porque únicamente los que participen con él de sus sufrimientos, también participarán con él de su gloria. El ha comprado el perdón y la inmortalidad para las almas pecadoras de los hombres que perecen; pero a nosotros nos corresponde recibir estos dones por medio de la fe. Al creer en él, recibimos esta esperanza como un ancla segura e inamovible para el alma. En vista de que pagó un precio tan elevado por nuestra salvación, debemos entender que podemos esperar confiadamente el favor divino, no sólo en este mundo, sino también en el mundo celestial. La fe en el sacrificio expiatorio y la intercesión de Cristo nos mantendrá seguros e inamovibles en medio de las tentaciones que nos oprimen en la iglesia militante. Contemplemos la gloriosa esperanza que tenemos por delante, y por la fe aferrémonos de ella…

No podemos encontrar salvación alguna en nosotros mismos; debemos mirar a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, y seguiremos viviendo a medida que lo contemplemos… ¡Cuánto se esfuerzan los pobres mortales para llevar sus propios pecados y los de los demás! Pero Jesucristo es el único portador de los pecados. Únicamente él puede ser mi sustituto y el portador de mis pecados. El precursor de Cristo exclamó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29… Entonces, quitemos los ojos de nosostros mismos, y alentemos la esperanza y la confianza en Cristo. Que nuestra esperanza no esté centrada en nosotros mismos, sino en Aquel que entró más allá del velo. Hablemos acerca de la bendita esperanza, y de la aparición gloriosa  de nuestro Señor Jesucristo.—The Review and Herald, 9 de junio de 1896.

DEVOCIONAL EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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