13 de mayo | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | La ley: norma de Dios

El fin de todo el discurso oído es éste: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Eclesiastés 12:13.

Antes de que se pusieran los fundamentos de la tierra, se convino en que todos los que fueran obedientes, todos los que por medio de la abundante gracia provista llegaran a ser santos en carácter y sin mancha delante de Dios, por apropiarse de esta gracia, serían hijos de Dios. Este pacto, hecho en la eternidad pasada, le fue dado a Abrahán cientos de años antes de que viniera Cristo. Con qué interés y con qué profundo deseo observó Cristo en su humanidad a la raza humana para ver si aprovecharían de la provisión ofrecida.—Fundamentals of Christian Education, 403.

En sus enseñanzas, Cristo mostró cuán abarcantes son los principios de la ley pronunciados desde el Sinaí. Hizo una aplicación viviente de aquella ley cuyos principios permanecen para siempre como la gran norma de justicia: la norma por la cual serán juzgados todos en aquel gran día, cuando el juez se siente y se abran los libros. El vino para cumplir toda justicia y, como cabeza de la humanidad, para mostrarle al hombre que puede hacer la misma obra, haciendo frente a cada especificación de los requerimientos de Dios. Mediante la medida de su gracia proporcionada al instrumento humano, nadie debe perder el cielo. Todo el que se esfuerza, puede alcanzar la perfección del carácter. Esto se convierte en el fundamento mismo del nuevo pacto del Evangelio. La ley de Jehová es el árbol. El Evangelio está constituido por las fragantes flores y los frutos que lleva.—Mensajes Selectos 1:248, 249.

La ley de Dios es la transcripción de su carácter. Abarca los principios de su reino. El que rehúsa aceptar esos principios, se está colocando fuera del canal por donde fluyen las bendiciones de Dios.

Las gloriosas posibilidades presentadas ante Israel se podían realizar únicamente mediante la obediencia a los mandamientos de Dios. La misma elevación de carácter, la misma plenitud de bendición—bendición de la mente, el alma y el cuerpo, bendición del hogar y del campo, bendición para esta vida y la venidera—, podemos obtenerlas únicamente por medio de la obediencia.—Palabras de Vida del Gran Maestro, 287.

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White



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