13 de julio 2020 | Devoción Matutina para Damas 2020 | Lo que odio es lo que hago — 1

UN DÍA A LA VEZ

Lecturas Devocionales para Mujeres 2020

 

“No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago” (Rom. 7:15).

 

-¡Odio el pecado que está en mí! —me confesó un día una amiga.

Ella y yo nos reuníamos con frecuencia para orar juntas, pero en aquella ocasión me sorprendió su comentario.

—¿Por qué nuestra naturaleza pecaminosa nos traiciona tanto? —me preguntó acto seguido—. Aun cuando hemos declarado que somos hijas de Dios, que le pertenecemos y deseamos caminar con él, vemos que una cosa es la decisión tomada y otra distinta es lo que hacemos.

Mi amiga se sentía mal, así que oramos para que el Espíritu Santo descendiera con misericordia sobre nosotras, ayudándonos a luchar contra nuestra naturaleza, que se manifiesta de cuando en cuando; contra nuestros hábitos pecaminosos previos a la conversión, que han dejado surcos profundos en nuestro cerebro.

Un pasaje de la Biblia presenta esta realidad de la vida cristiana: Romanos 7. Pablo dice: “Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy débil, vendido como esclavo al pecado. No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago. […] Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí” (vers. 14-20). Finalmente, Pablo llega a la pregunta clave y la acompaña de la respuesta aún más clave para nuestra vida: “¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo? Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo. En conclusión: yo entiendo que debo someterme a la ley de Dios, pero en mi debilidad estoy sometido a la ley del pecado” (vers. 24,25).

Tenemos una lucha continua contra el yo, contra el pecado, incluso después de nuestra conversión. Convertirnos no nos hace perfectas, simplemente nos coloca en el camino de una dependencia cada vez mayor de Dios. Y es esa dependencia la que nos va transformando, poco a poco, en personas parecidas a Cristo. Esto lleva tiempo, porque estamos contrarrestando hábitos y esquemas mentales adquiridos durante años. Tengamos paciencia.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2020



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