13 de abril | Devocional: Nuestra Elevada Vocación | La influencia de una mente sobre otra

Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza. 2 Timoteo 1:7.

La influencia que ejerce una mente sobre otra y que es un poder tan grande para el bien cuando es santificada, es igualmente fuerte para el mal en las manos de aquellos que se oponen a Dios. Satanás empleó este poder en su obra para instilar el mal en la mente de los ángeles, e hizo ver que andaba buscando el bien del universo. … Arrojado del universo, Satanás estableció su reino en este mundo, y desde entonces ha trabajado incansablemente para seducir a los seres humanos y alejarlos de su sometimiento a Dios. Emplea el mismo poder que utilizó en el cielo: la influencia de una mente sobre otra. Los hombres se transformaron en los tentadores de sus semejantes. Se comparten los fuertes y corruptores sentimientos de Satanás, y éstos ejercen un poder dominador y compelente.—Carta 114, 1903, pp. 2.
Se necesita un claro discernimiento espiritual para distinguir entre la paja y el trigo, entre la ciencia de Satanás y la ciencia de la Palabra de verdad. Cristo, el gran Médico, vino a nuestro mundo para dar salud, paz y perfección de carácter a todos aquellos que lo recibieran. Su Evangelio no consiste en métodos exteriores y realizaciones, a través de los cuales la ciencia de una obra maligna ha de introducirse como una gran bendición, para que después resulte en una gran maldición. En el segundo capítulo de Filipenses se encuentra una presentación de la verdadera piedad. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”. Filipenses 2:5.
Abogar por la ciencia de la cura mental es abrir una puerta a través de la cual Satanás entrará para posesionarse de la mente y el corazón. Satanás controla tanto la mente que se somete para ser controlada por otra, como la mente que ejerce ese control. Quiera Dios ayudarnos a comprender la verdadera ciencia de la edificación en Cristo, nuestro Salvador y Redentor.
Cristo es el más grande de todos los médicos. Es un médico del alma, tanto como del cuerpo. Si no hubiera venido a este mundo para redimirnos del infernal poder de Satanás, no habríamos tenido esperanza de obtener la vida eterna. … No induzcamos a los seres humanos a contemplar las mentes que yerran. Digámosles: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29.—Carta 130, 1901.

DEVOCIONAL: NUESTRA ELEVADA VOCACIÓN
Elena G. de White

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Devocional

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