12 de febrero | Devocional: Alza tus ojos |  Cristo se relacionaba con todo el mundo

12 de febrero | Devocional: Alza tus ojos |  Cristo se relacionaba con todo el mundo

 

«Entonces Jesús dijo: “Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de los cielos”». Mateo 19: 14

 

NUESTRO SALVADOR NO VIVIÓ en misterioso ocultamiento durante los años que precedieron a su ministerio público. Vivió con sus padres en Nazaret, y trabajó con José en el oficio de carpintero. Su vida fue sencilla, libre de toda extravagancia o despilfarro. Llegado el momento de comenzar su ministerio público, salió para proclamar el evangelio del reino. Hasta el fin de su ministerio conservó la sencillez de sus hábitos. Eligió a sus colaboradores de las clases más humildes de la sociedad. Los primeros discípulos fueron sencillos pescadores de Galilea. Su enseñanza fue tan clara que los niños podían comprenderla, y después se los podía escuchar repitiendo sus palabras. Todo lo que hizo y dijo poseía el encanto de la sencillez.

Cristo fue un agudo observador, percibía muchas cosas que los demás pasaban por alto. Siempre estaba dispuesto a ayudar, siempre listo para pronunciar palabras de esperanza y de ánimo a los desanimados y angustiados. Permitió que la muchedumbre lo apretujara sin quejarse, aunque a veces casi lo levantaban en vilo. Cuando se encontró con un funeral no pasó de largo indiferentemente. La tristeza se reflejó en su semblante al contemplar la muerte, y lloró con los enlutados.

Cuando los niños recogían las flores silvestres que crecían tan abundantemente a su alrededor y se apiñaban para presentárselas como pequeñas ofrendas, las recibía alegremente, les sonreía y expresaba su gozo al ver tanta variedad de flores.

Los niños eran su herencia. Sabemos que vino para rescatarlos del enemigo mediante su muerte en la cruz del Calvario. Les dirigió palabras que ellos guardaron en sus corazones. Se sintieron gozosos al pensar que apreciaba sus dones y les hablaba con tanto cariño.

Cristo observaba a los niños en sus juegos, y a menudo expresaba su aprobación cuando obtenían una victoria inocente en algo que se habían propuesto llevar a cabo. Entonó cantos para esos niños utilizando palabras dulces y llenas de ternura. Ellos se daban cuenta de que él los amaba. Nunca les frunció el ceño. Compartió sus gozos y tristezas infantiles. A menudo recogía flores y después de señalarles su belleza, se las dejaba como regalo. El había hecho las flores y se deleitaba en destacar su hermosura.

Se ha dicho que Jesús nunca sonrió, lo cual no es cierto. Un niño en su inocencia y pureza hacía brotar de sus labios un cántico de gozo.— Manuscrito 20, 12 de febrero de 1902, «Nuestro Hermano mayor».

 

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Elena G. de White

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