12 de enero | Devocional: Nuestra Elevada Vocación | Todo aquel que crea en mí

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

Debiéramos contemplar el amor de Jesús, su misión y su obra respecto de nosotros como individuos. Debemos decir: Jesús me amó tanto que dió su propia vida para salvarme. El Padre me ama, “porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Nos corresponde asegurarnos acerca de los términos bajo los cuales Cristo prometió el don de la vida eterna. Respondo: sobre nuestra fe. Debemos tener fe en las promesas.—The Signs of the Times, 24 de abril de 1893.

El don del amado Hijo de Dios, hace que las promesas de Dios sean una seguridad para nosotros.—Manuscrito 23, 1899, pp. 5.

¿Cuántos pueden decir: “El me salva”? Yo sé que él desea que yo sea salvada. El me considera de valor ante su vista, y por lo tanto yo sé que mis pensamientos, mis palabras y mis obras, todas pasan en revista delante de él. Todo lo que se relaciona con la compra de la sangre de Cristo, es de valor ante los ojos de Dios. Por el precio pagado por nuestra redención, nosotros estamos bajo la obligación de dedicar todos nuestros afectos a Cristo. Debemos darle a Dios todo lo que hay en nosotros; y al darnos a Dios, ¿debemos considerar que sufrimos una gran pérdida? No, porque al darle nuestros talentos estamos duplicándolos. Todo don que se nos ha concedido, cuando se lo devolvemos, recibe su bendición, para que tenga una redoblada influencia en la obra de Dios. Dondequiera que Ud. esté, debe comprender que pertenece a Cristo, y que su influencia debe ser de alcances tan extensos como la eternidad misma.—The Signs of the Times, 9 de enero de 1893.

El don de Cristo al mundo escapa a todo cálculo, y ningún poder puede competir con Dios, dando un don que pueda soportar una comparación con el valor del mejor tesoro del cielo. La grandeza de este don debía proporcionarles a los hombres un tema de agradecimiento y alabanza, que duraría durante todo el tiempo y la eternidad. Habiendo dado todo lo que poseía en Cristo, Dios reclama el corazón, la mente, el alma, y las fuerzas del hombre. Contemplando el tesoro que Dios ha provisto en el pleno y completo don de Cristo, podemos exclamar: “¡Aquí está el amor!”—The Youth’s Instructor, 13 de diciembre de 1894, pp. 388, 389.

DEVOCIONAL: NUESTRA ELEVADA VOCACIÓN

Elena G. de White

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Devocional

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