12 de enero | Devocional: Alza tus ojos | Nuestro gran Médico

«¡Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso!». Mateo 11: 28, LPH

Cristo empleó todos los medios posibles para atraer la atención de los pecadores al arrepentimiento. Fue tierno y considerado en su relación con todo el mundo. Su mayor anhelo fue romper el hechizo de la infatuación de los que estaban siendo engañados por los agentes satánicos, y dar perdón y paz a las almas contaminada por el pecado.

Cristo fue el poderoso Sanador de toda enfermedad física y espiritual. ¡Fije su mirada en nuestro compasivo Redentor! Contémplelo con el ojo de la fe caminando por las calles de los pueblos, reuniendo en su derredor a los débiles y cansados. Los seres humanos desvalidos y pecaminosos se agolpaban a su alrededor. Vea a las madres con sus enfermos y agonizantes pequeños en los brazos tratando de abrirse paso a través de la multitud a fin de escuchar al Salvador y recibir su toque sanador. Permita que el ojo de la fe se posesione de la escena. Observe a las madres tratando de llegar a él, pálidas, cansadas, casi desesperadas, pero determinadas y perseverantes, sosteniendo en sus brazos su carga de sufrimiento.

Mientras estas personas anhelantes son empujadas hacia atrás, Cristo avanza hacia ellas paso a paso, hasta llegar a su lado. Lágrimas de alegría y esperanza fluyen libremente porque la atención de Jesús se dirige hacia ellas, y en sus ojos ven expresada la más tierna compasión y amor tanto por las debilitadas madres como por los dolientes niños. Las invita a tener confianza, diciendo: «¿Qué puedo hacer por ti?» La madre entre sollozos expresa su gran anhelo: «Señor, sana a mi hijo». Había manifestado su fe abriéndose paso hacia él, aunque no sabía que él se estaba dirigiendo hacia ella. Cristo toma al niño en sus brazos. Pronuncia la palabra, y la enfermedad huye ante su toque. La palidez de muerte desaparece. La corriente de vida fluye a través de sus venas. Los músculos reciben vigor.

Dirige a la madre palabras de consuelo y paz, y entonces otro caso tan urgente como el anterior se presenta ante él. La madre pide ayuda para ella y su hijo, porque los dos están padeciendo. Con prontitud y gozo Cristo ejerce su poder vivificante, y ellos alaban y dan honor y gloria a su nombre que hace obras maravillosas.

Ninguna mirada de enojo en el semblante de Cristo alejaba al humilde suplicante de su presencia. Los sacerdotes y gobernantes trataban de desanimar a los sufrientes y necesitados diciéndoles que Cristo sanaba a los enfermos por el poder del demonio. Pero su obra no podía ser detenida. Estaba determinado a no abandonarla ni desanimarse. Sufriendo él mismo privaciones, viajó a través del país que fue escenario de sus labores prodigando sus bendiciones y tratando de alcanzar los corazones endurecidos.— Carta 31, 12 de enero de 1898, dirigida a Urías Smith, editor de la Review and Herald.

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