11 de enero | Devocional: Exaltad a Jesús | El hijo, un sacrificio perfecto

Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos y tus ofrendas de paz, tus ovejas y tus vacas; en todo lugar donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré. Éxodo 20:24.

Cuando Adán, de acuerdo con las indicaciones especiales de Dios, presentó una ofrenda por el pecado, fue para él una ceremonia sumamente penosa. Tuvo que levantar la mano para tomar una vida que sólo Dios podía dar, para presentar su ofrenda por el pecado. Por primera vez estuvo en presencia de la muerte. Al contemplar la víctima sangrante en medio de las contorsiones de su agonía, se lo indujo a observar por fe al Hijo de Dios, a quien esa víctima prefiguraba, y que moriría como sacrificio en favor del hombre.

Esta ceremonia, ordenada por Dios, debía ser un constante recordativo para Adán, como asimismo un reconocimiento penitencial de su pecado. Este acto de tomar una vida dio a Adán una impresión más profunda y perfecta de su transgresión, que para expiarla se requirió nada menos que la muerte del amado Hijo de Dios. Se maravilló de la infinita bondad y del incomparable amor puestos de manifiesto al dar semejante rescate para salvar al culpable.

Cuando Adán daba muerte a la víctima inocente, le parecía que estaba derramando con su propia mano la sangre del Hijo de Dios. Se dio cuenta de que si hubiera permanecido fiel al Señor y leal a su santa ley, jamás habrían muerto ni hombres ni animales. No obstante, los sacrificios, al señalar hacia la gran y perfecta ofrenda del amado Hijo de Dios, le permitían vislumbrar una estrella de esperanza que iluminaba las tinieblas de su terrible futuro, y le proporcionaban alivio en su total desesperanza y ruina.

Al principio se consideró que el jefe de cada familia era dirigente y sacerdote de su propio conjunto familiar. Más tarde, cuando la especie se multiplicó sobre la tierra, algunos hombres señalados por Dios realizaron la solemne ceremonia de los sacrificios en favor del pueblo. La sangre de los animales debía relacionarse en la mente de los pecadores con la sangre del Hijo de Dios. La muerte de la víctima debía ser una evidencia para todos que el castigo del pecado es la muerte. Mediante el acto del sacrificio el pecador reconocía su culpa y manifestaba su fe, por cuyo intermedio preveía el inmenso y perfecto sacrificio del Hijo de Dios, prefigurado por las ofrendas de animales.

Sin la expiación provista por el Hijo de Dios, no podría haber derramamiento de bendiciones o salvación por parte de Dios con respecto al hombre. El Señor es celoso del honor de su ley. Su transgresión produjo una espantosa separación entre el Padre y el hombre. A Adán en su inocencia se le concedió comunión directa, libre y gozosa con su Hacedor. Después de su transgresión Dios se comunicaría con él por medio de Cristo y los ángeles.—La Historia de la Redención, 51-53.

Ese sacrificio sería de suficiente valor como para salvar a todo el mundo… Este sacrificio era de un valor tan inmenso, como para hacer más precioso que el oro fino, y que el oro de ofir, al hombre que lo aceptara.—Ibid. 50.

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DEVOCIONAL

EXALTAD A JESÚS

Elena G. de White

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