11 de enero | Devocional: Alza tus ojos | La elección es nuestra

«El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!” El que oye, diga: “¡Ven!” Y el que tiene sed, venga. El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida». Apocalipsis 22: 17

La obra de su salvación y la mía depende enteramente de nosotros mismos, porque depende de nosotros que aceptemos la provisión hecha en nuestro favor. Dios hizo por nosotros todo lo que podía ser hecho. Cristo nos compró con su propia sangre. Pagó el precio por nuestro rescate a fin de que podamos unirnos a Dios y alejarnos del pecado y los pecadores. Cuando se lo entregamos a Jesús, el Espíritu Santo actúa en el corazón con poder renovador. Ahora bien, a fin de que podamos participar con el Señor, debe haber de nuestra parte una entrega completa a él. Tenemos que consagramos a Dios con todas nuestras fuerzas, poniendo en acción cada fibra espiritual y luchando por Cristo como fieles soldados. […]

La ley del deber a Dios es suprema, pues a ella debe estar sujetos nuestra razón y nuestra conciencia, nuestros talentos y todo lo que poseemos. No admite rival, y en ningún momento aminora sus elevadas demandas, ni admite componendas con ningún poder terrenal opresivo. En todo lo que hagamos hemos de hacerlo para el Señor. Nos proyectamos más allá de nosotros mismos, más allá del limitado espacio de nuestro egoísmo y la gratificación temporal. La obediencia a Dios coloca al ser humano en armonía con las supremas leyes del universo, imparte dignidad y verdadera grandeza a la más humilde ocupación que el Señor puede dirigir. La obediencia al Señor corona la más humilde posición en la vida con los más altos honores, poniendo a las personas en relación con Dios y ligando sus intereses con los planes y propósitos que existen en la mente del Infinito desde la eternidad.

El Señor Jesús pagó el precio por usted, no para asegurar su mero asentimiento a la verdad, sino para que rinda un servicio de corazón. Él espera un cabal acatamiento. Usted no puede dejar de creer que debe hacer la voluntad de Dios; no puede liberarse de las exigencias del deber más de lo que puede escapar de la presencia de Dios. Únicamente obedeciendo al Señor conocerá la verdadera felicidad. […]

Le suplico que le abra por completo su corazón y permita que el Salvador entre en él. Entréguele todo su corazón, pues él lo ha comprado. Tenga siempre presente que es usted el que debe escoger. Dios no fuerza la voluntad. El lo ha elegido y lleva grabado su nombre en la palma de su mano. ¿No se entregará plenamente a él? Queda poco tiempo. No pixlemos perder ni un momento en vacilaciones. La Palabra divina está en sus manos pura ser lámpara a sus pies y lumbrera en su camino.— Carta 21a, 11 de enero de 1893, dirigida a N. D. Faulkhead, tesorero de Echo Publishing House, cuando estaba relacionado con sociedades secretas.

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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