11 de diciembre | Devocional: Alza tus ojos | Sean cristianos luminosos

Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Salmos 34:4.

No hablen de las faltas de otros. Cuiden su propio jardín. Traten que sus corazones sean limpiados por el poder de Dios. Cuando haya problemas, en vez de perder la paciencia, en vez de irritarse y preocuparse, vayan al Señor y cuéntenle todo… No vayan a amigos humanos, porque ellos tienen demasiado con sus propias cargas…

No piensen que colocando las cargas que tienen sobre otros encontrarán alivio. Acudan directamente al Salvador, y cuéntenle todo lo que los preocupa. Crean que es capaz y que está dispuesto a enfrentar las circunstancias del caso de ustedes. Cuando acudan contritos al pie de la cruz, cuando tengan fe en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado, recibirán poder a través de El. Y cuando echen sobre El sus almas impotentes, les dará paz, gozo, fortaleza y valor. Entonces estarán en condiciones de decir a otros cuán precioso es Cristo para ustedes. Podrán decir: “Lo busqué, y encontré que es precioso para mi alma”.

“Hallaréis descanso”. ¿Cómo? Mediante una experiencia viviente, debido a que el yugo de Cristo es un yugo de paciencia, bondad y longanimidad. Los que aprendan de su mansedumbre y humildad, aprendan también a amarse como Cristo los amó. Alcanzan un grado tal, que rehúsan criticar y condenar a otros. Saben que se les ha confiado una obra que ningún otro podrá hacer por ellos: aprender de Cristo. Cuando nos colocamos en sus manos, nos muestra las posibilidades que están delante de nosotros y nos invita a acudir en busca de ayuda a Alguien que es infinitamente superior a los seres humanos que yerran.

Cristo es nuestra eficiencia. ¿Cómo lo es? Lo sé por experiencia propia. Hace muchos años, durante algún tiempo estuve desesperada. Entonces me entregué a la misericordia y al amor del Salvador y su poder reposó sobre mí. En una ocasión los que estaban trabajando [en la oficina de la Casa Editora] pensaron que había muerto. Pero de pronto elevé mi voz en oración. El poder de Dios estuvo sobre mí toda aquella noche, y a partir de ese momento comprendí que debía confiar en Cristo. Había estado orando y orando por ayuda, y durante todo ese tiempo mi Salvador había estado parado junto a mí, esperando que yo le reconociera como mi suficiencia, mi fortaleza y mi gracia. Aprendí la lección, y después de aquella oportunidad, cuando me arrodillaba a orar creía que recibiría una respuesta, ya fuera que sintiera o no que la recibía…

¡Oh, cuánto quisiera que honrásemos a Cristo dándonos cuenta de lo que El desea hacer por nosotros y aceptando su Palabra! Si lo hiciéramos, seríamos cristianos luminosos. Contemplando a Cristo somos transformados a su semejanza.—Manuscrito 118, [358] del 11 de diciembre de 1904, “Unión con Cristo”.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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