10 de junio | Devocional: La maravillosa gracia de Dios | La desaprobación del Padre

 

Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas. Lucas 22:53.

 

Mientras el Hijo de Dios se postraba en actitud de oración en el huerto de Getsemaní, a causa de la agonía de su espíritu brotó de sus poros sudor como grandes gotas de sangre. Allí fue donde le rodeó el horror de densas tinieblas. Pesaban sobre él los pecados del mundo. Sufría en lugar del hombre, como transgresor de la ley de su Padre. Allí se produjo la escena de la tentación. La divina luz de Dios desapareció de su vista y él pasó a manos de las potestades de las tinieblas. En su angustia mental cayó postrado sobre las frías piedras. Se percataba del ceño de su Padre. Había desviado la copa del sufrimiento de los labios del hombre culpable y se proponía beberla él mismo, para dar al hombre en cambio la copa de la bendición. La ira que habría recaído sobre el hombre recayó en ese momento sobre Cristo. Allí fue donde la copa misteriosa tembló en su mano.

Jesús había acudido a menudo a Getsemaní con sus discípulos a orar… Nunca antes había visitado este lugar el Salvador con un corazón tan apesadumbrado. Lo que rehuía el Hijo de Dios no era el sufrimiento corporal… Le abrumaban los pecados de un mundo perdido. Comprendiendo el enojo de su Padre como consecuencia del pecado, desgarraba su corazón una agonía intensa y hacía brotar de su frente grandes gotas de sangre…

Podemos apreciar apenas débilmente la angustia inenarrable que sintió el amado Hijo de Dios en Getsemaní, al comprender que se había separado de Dios al llevar el pecado del hombre. El fue hecho pecado por la especie caída. La sensación de que se apartaba de él el amor de su Padre, arrancó de su alma angustiada estas dolorosas palabras: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”. Mateo 26:38…

El divino Hijo de Dios desmayaba y se moría. El Padre envió a un mensajero de su presencia para que fortaleciera al divino Doliente, y le ayudara a pisar la senda ensangrentada. Si los mortales hubiesen podido ver el pesar y asombro de la hueste angélica al contemplar en silencio cómo el Padre separaba sus rayos de luz, su amor y gloria, del amado Hijo de su seno, comprenderían mejor cuán ofensivo es el pecado a la vista de Dios.—Joyas de los Testimonios 1:220, 221, 223.

 

DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White



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