10 de febrero | Devocional: Alza tus ojos |  Ser valientes para influir para bien

«Manténganse alerta y firmes en la fe; pórtense con valentía, sean modelo de fortaleza». 1 Corintios 16: 13, LPH

USTED PODRÍA LLEVAR A CABO una labor más amplia y mucho más fructífera si cultivara una serena confianza en Dios y no estuviera ansioso, preocupado y angustiado, como si Jesús estuviera en el sepulcro y usted no tuviera Salvador. El resucitó, […] ascendió a los cielos y es su Abogado delante del trono de Dios. […]

Los discípulos de Cristo no deberían sorprenderse de ser llamados a participar de los sufrimientos de Cristo. ¿Cómo puede mirar él a aquellos por quienes hizo tanto, por quienes pagó un precio tan infinito, y que sin embargo no han apreciado nunca su gran sacrificio por ellos? La obra de los representantes de Cristo debe ser similar a la de su Redentor. No deben contemplarse a sí mismos ni confiar en sí mismos. No deben valorar en exceso sus propios esfuerzos, pues cuando vean que otros no consideran lo que están haciendo de tanto valor como ellos mismos lo consideran, llegarán a sentir que no vale la pena seguir luchando. Pero esto es obra del enemigo. No vivimos meramente para los hombres sino para Dios. El considera nuestra labor en su verdadero valor. Aprecia la nobleza de carácter, y sea que los hombres la aprecien o no, ella continúa viviendo después que el ser humano ha desaparecido. Cuando alguien muere, el ejemplo que dejó, las palabras de oro que pronunció, perviven eternamente. Esta influencia que correspondió al modelo divino nunca muere, pues su vida se había vinculado con la de Dios.

Todos ejercemos una influencia personal, y nuestras palabras y acciones dejan huella permanente. Es nuestro deber vivir, no para nosotros mismos, sino para el bien de los demás; no para dejamos llevar por nuestras emociones, sino para tener en cuenta que nuestra influencia es un poder para el bien o para el mal. Dios quiere que sus servidores sean lo que David encomendó a Salomón que fuera: «Sé valiente» (1 Crón. 28: 20, BA).

A Dios no le complace que sus representantes se angustien, se desanimen y se agoten al punto de que sus vidas no puedan ya esparcir la dulce fragancia celestial. No tenemos sino una vida para vivirla. Jesús vino a nuestro mundo para enseñamos a vivir esa vida a fin de que podamos representar el estilo de vida del cielo. Nunca debiéramos ser pusilánimes, porque ello será perjudicial para nosotros mismos y para aquellos que se hallen dentro de nuestra esfera de influencia. Dios requiere que nos comportemos con dignidad en las pruebas y en las tentaciones. El «varón de dolores, experimentado en quebranto» (Isa. 53:3, RVA), está ante nosotros como nuestro ejemplo. «Al vencedor le concederé que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apoc. 3:21).— Carta 7, 10 de febrero de 1885, dirigida a Daniel T. Bourdeau, uno de los primeros misioneros adventistas en Europa.

 

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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