10 de agosto | Devocional: Alza tus ojos | Se necesitan palabras de gracia

Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca. Lucas 4:22.

Esta mañana mi corazón fue atraído a Dios en un ferviente anhelo del alma por la conducción del Espíritu Santo. ¿Qué palabras puedo expresar que sean apreciadas y comprendidas? Cuando Cristo estuvo en nuestro mundo, dijo a los escribas y fariseos: “¿Por qué no entendéis mis palabras y las valoráis?” Estaban permanentemente dando su propia interpretación a las sencillas verdades que brotaban de sus labios…

Con claridad y poder pronunció las palabras que llegarían hasta nuestro tiempo como un tesoro de bondad. ¡Qué preciosas eran y cuán llenas de ánimo! De sus labios divinos fluyeron con plenitud y copiosa seguridad las bendiciones que mostraron que El era la fuente de toda benignidad, y que era prerrogativa suya bendecir e impresionar las mentes de todos los presentes. Se dedicó a su jurisdicción singular, sagrada, y los tesoros de la eternidad estuvieron a sus órdenes. En cuanto a disponer de ellos, no conoció límites. No fue ningún robo para El actuar en el cargo de Dios. Con sus bendiciones alcanzó a los que habían de integrar su reino en este mundo. Trajo toda bendición esencial para el gozo y la felicidad de cada alma, y ante aquella vasta muchedumbre presentó las riquezas de la gracia del Cielo, los tesoros acumulados del Padre eterno…

En ciertas ocasiones Cristo habló con tal autoridad que hacía llegar sus palabras con fuerza irresistible, con un sentido abrumador de la grandeza del que hablaba, y los agentes humanos se reducían a la nada en comparación con quien se hallaba ante ellos. Se sentían profundamente conmovidos. Sus mentes eran impresionadas con la realidad de que El estaba repitiendo la orden dada desde la gloria más excelsa. En tanto convocaba al mundo para que lo escuchara, ellos permanecían fascinados y embelesados, y el convencimiento penetraba en sus mentes. Cada palabra ocupaba su lugar, y los oyentes creían y recibían las palabras que no podían resistir. Cada sentencia que pronunciaba era, para los oyentes, la vida de Dios. Dio pruebas de que era la Luz del mundo y la Autoridad de la iglesia, y reclamó la preeminencia sobre todo.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quién yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo”. Juan 1:14, 15. Sí, existió antes que Juan. Oculto en la columna de nube de día y en la columna de fuego en la noche, guió a los hijos de Israel a través del desierto. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. Juan 1:16.—Manuscrito 115, del 10 de agosto de 1905, “Un Salvador divino”.

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DEVOCIONAL: ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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