1 de enero | Devocional: Alza tus ojos | Con la mirada puesta en la eternidad

«Pero ahora suspiraban por una patria mejor, la patria celestial. Precisamente por eso, al haberles preparado una ciudad, no tiene Dios reparo en que lo llamen “su Dios”». Hebreos 11: 16, LPH

Les deseo un feliz año nuevo. El viejo pasó, con sus registros ya cerrados para la eternidad. Que de todo lo vivido por nosotros nos quede el recuerdo del amor de Dios rememorando todas sus bendiciones. […]

Las evidencias que tenemos del cuidado y del amor de Dios por nosotros se expresan en las lecciones basadas en la naturaleza que Cristo dio a sus discípulos. […] No hemos de enfocamos en lo negativo, en las adversidades, sino en las riquezas de la gracia de Cristo que han sido provistas tan abundantemente, de tal manera que podamos vivir en este mundo y cumplir con nuestra parte en favor de la humanidad, y sin embargo no ser del mundo. Como peregrinos, como extranjeros que anhelamos las maravillas divinas, el gozo que está por delante, que buscamos una «ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios» (Heb. 11: 10, RVA), contemplemos las provisiones hechas en nuestro favor, las mansiones que Jesús ha ido a preparar para nosotros. Hablemos de ese bendito hogar, y nos olvidaremos de lo negativo de las vicisitudes cotidianas. Nos parece estar respirando la misma atmósfera de esa «patria mejor, es decir, la celestial» (Heb. 11: 16, NV1). Nos sentimos aliviados, consolados; pero aun más, nos gozamos en el Señor.

No podríamos conocer los propósitos de la gracia divina para nosotros si no fuera por sus promesas, porque solamente a través de ellas podemos saber qué es lo que él ha preparado para aquellos que lo aman. Como las flores en el sabio plan de Dios, que están constantemente extrayendo las propiedades de la tierra y del aire para desarrollarlas en los puros y hermosos capullos que exhalan su fragancia con el fin de deleitar nuestros sentidos; así tenemos que ser nosotros.

Extraemos de las promesas de Dios toda esa paz, ese consuelo, esa esperanza que desarrollará en nosotros los frutos de la paz, del gozo y de la fe. Y al incorporar esas promesas en nuestra propia vida las introducimos también en las vidas de los demás. Por lo tanto, hagámoslas nuestras. […] Sus promesas son como las preciosas flores del jardín de Dios, que han de motivamos a una esperanza viva para acrecentar nuestra fe y nuestra confianza en Dios. El propósito de las promesas divinas es fortalecemos en la tribulación y enseñamos preciosas lecciones de certidumbre.

En estas preciosas promesas, él tomando de lo eterno, nos da un atisbo de «un cada vez más excelente y eterno peso de gloria» (2 Cor. 4:17). No nos inquietemos, confiemos con toda tranquilidad en él y alabémoslo porque nos ha mostrado tales revelaciones de su voluntad y propósitos para que no fundamentemos nuestras esperanzas en esta vida sino que mantengamos la mirada puesta en lo alto, en la herencia de luz, a fin de ver y percibir el asombroso amor de Jesús.— Carta 27, 1″ de enero de 1886, dirigida al Dr. John H. Kellogg y esposa.

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DEVOCIONAL

ALZA TUS OJOS

Elena G. de White

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