1 de diciembre | La maravillosa gracia de Dios | Elena G. de White | La gloria de Dios se ve en sus obras

Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Isaías 6:3.

No sólo el jardín del Edén, sino toda la tierra era sumamente hermosa al salir de la mano del Creador. No la desfiguraba ninguna mancha de pecado ni sombra de muerte. La gloria de Dios “cubre los cielos, y la tierra se llena de su alabanza”. Habacuc 3:3. “A una cantaron las estrellas de la mañana, y gritaron de alegría todos los hijos de Dios”. Job 38:7. De ese modo era la tierra un emblema adecuado de Aquel que es “grande en misericordia y en fidelidad” (Éxodo 34:6), un estudio propio para los seres creados a su imagen. El huerto del Edén era una representación de lo que Dios deseaba que llegase a ser toda la tierra, y su propósito era que, a medida que la familia humana creciese en número, estableciera otros hogares y escuelas semejantes al que él había dado. De ese modo, con el transcurso del tiempo, toda la tierra debía ser ocupada por hogares y escuelas donde se estudiaran la Palabra y las obras de Dios y donde los estudiantes se preparasen para reflejar cada vez más plenamente, a través de los siglos sin fin, la luz del conocimiento de su gloria.—La Educación, 19.

Cuando Adán salió de las manos del Creador, llevaba en su naturaleza física, mental y espiritual, la semejanza de su Hacedor. “Creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27), con el propósito de que, cuanto más viviera, más plenamente revelara esa imagen—más plenamente reflejara la gloria del Creador. Todas sus facultades eran susceptibles de desarrollo; su capacidad y vigor debían aumentar continuamente. Vasta era la esfera que se ofrecía a su actividad, glorioso el campo abierto a su investigación. Los misterios del universo visible—“las obras de Aquel que es perfecto en saber” (Job 37:16)—invitaban al hombre a estudiar. Tenía el alto privilegio de relacionarse íntimamente, cara a cara, con su Hacedor. Si hubiese permanecido leal a Dios, todo esto le hubiera pertenecido para siempre. A través de los siglos eternos, hubiera seguido adquiriendo nuevos tesoros de conocimiento, descubriendo nuevos manantiales de felicidad y obteniendo conceptos cada vez más claros de la sabiduría, del poder y del amor de Dios.—Ibid. 12, 13.

 

DEVOCIONAL ADVENTISTA

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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