Viernes 4 de mayo 2018 | Devoción Matutina para Adolescentes | Enojado con Dios

2 Crónicas : 16-18

En el año treinta y nueve de su reinado. Asá se enfermó de los pies; y aunque su enfermedad era grave, no buscó al Señor, sino que recurrió a los médicos (2 Crónicas 16:12).

Era 1982 (sí, mucho antes de que nacieras). Tus padres tendrían probablemente mi edad en ese entonces. Yo era un gran fanático de los 76ers (“Sixers”) de Filadelfia. En 1982, mi equipo necesitaba un milagro, y yo oraba mucho para que sucediera. El entrenador era el legendario “Doctor J.”, Julius Erving. Fue Jordán antes que Jordán, y Kobe antes que Kobe. ¡Podía volar!
Mis amados Sixers enfrentaron a los malvados Lakers de Los Ángeles. Sabía que ganaríamos en cuatro juegos, pero me EQUIVOQUÉ horrible, triste y exasperadamente. Los Sixers perdieron el primer juego y ganaron el segundo; luego perdieron el tercero y el cuarto. Volvieron y ganaron el quinto juego, pero estaban al borde de la eliminación. Necesitaban ganar los siguientes dos juegos para coronarse campeones. Todos mis sueños estaban desechos.
Cuando llegó el sexto juego, recurrí a la única fuente que podía dar vuelta la serie: ¡Dios! “Seguramente Dios es fan de los Sixers”, pensé. Si fue fan del rey David, entonces tenía que ser fan de los Sixers. Después de todo, David había derrotado a Goliat con la ayuda del Señor. “Magic” Johnson y Kareem Abdul-Jabbar dirigían a los Lakers. ¡Eran los Goliats de la NBA!
Oré pidiendo ayuda en el sexto juego, pero no llegó. Para mi sorpresa, Dios no era fanático de los Sixers. Perdimos, y todo por culpa del Señor. Bueno, realmente no, pero en ese momento estaba furioso con Dios y los Sixers.
¿Alguna vez te has enojado totalmente con Dios? Digo, ¿tanto como para no volver a hablarle? El rey Asá de Judá, sí. Hizo un pacto con el rey pagano Ben Adad, para comprar su ayuda contra Jeroboán de Israel. Eso no agradó a Dios.
¿Por qué Dios estaba tan, eh…, desconcertado? Años antes había ayudado a Asá a derrotar al enorme ejército cusita (2 Crón. 14), pero de alguna manera, el monarca lo había olvidado. Cuando Dios envió a un profeta a hablarle de su pecado, el rey lo echó a la cárcely nunca le volvió a hablar a Dios. Aunque Asá contrajo una enfermedad en sus pies, rechazó pedir ayuda al Señor. Hacia el final de su vida, el enojo de Asá contra Dios se llevó el último resplandor de su gran reinado.

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