Sábado 3 de noviembre 2018 | Devoción Matutina para Adolescentes | Tu realidad y una piscina

«El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido» (Lucas 19: 10).

Imagínate a un hombre adulto sentado en una piscina para niños, una pequeña piscina de plástico de menos de un metro de anchura. Está salpicando agua, riéndose y jugando con un patito de goma y un barquito de plástico. De no sabemos dónde, aparece un socorrista consternado que se abalanza sobre él y lo saca de la piscina a tierra seca. El jadeante socorrista, luchando por recobrar el aliento, le dice: «¡Te he salvado!», y el «nadador», enojadísimo, le responde: «¿Salvarme de qué? ¡Me estaba divirtiendo!».

Muchos somos como ese hombre. La vida nos parece lo bastante segura: tenemos un par de juguetes y varias distracciones, y no sentimos la necesidad de que nadie nos «saque de nuestra piscina». Pero Dios nos mira desde una perspectiva diferente, pues nuestra vida no se parece a la vida en una piscina para niños. El nos observa como si estuviéramos en un océano muy profundo, rodeados no de patitos de goma, sino de tiburones. Incapaces de abrirnos paso en el agua porque nuestros músculos ya están doloridos, nos enfrentamos a una muerte segura. Pero en ese momento, el socorrista se lanza en picado para salvarnos de la muerte en el agua, y cuando nos dice «¡Te he salvado!», no nos preguntamos «¿Salvarme de qué?», sino que somos realmente conscientes de nuestra necesidad y nuestra gratitud.

Ahí radica la diferencia entre la vida en el océano y la vida en la piscina para niños. A veces, el pecado no nos parece tan malo y no somos conscientes de su magnitud y de la dimensión de la salvación. Sin embargo, el Señor sabe que estaríamos perdidos (¡ahogados!) si el Salvador no se lanzara para rescatarnos y llevarnos a un lugar seguro.

¿Logras ver la belleza y el poder de la muerte de Jesús en la cruz? Si es así, te habrás dado cuenta de que necesitas a Dios: pero si no lo ves, es posible que aún no hayas comprendido la profundidad de tu pecado y tu necesidad de un salvador. Estas dos convicciones van siempre unidas:

  1. Somos pecadores que necesitan desesperadamente al Salvador.

  2. Dios es misericordioso, un Dios de amor, y está deseando salvarnos.

 

Ponlo en práctica: Lee el relato de la crucifixión en Marcos 15: 1-39 y luego quédate unos momentos en silencio reflexionando acerca de cuánto te ama Dios y cuánto desea salvarte.

 

Ponlo en oración: Da gracias a Dios por salvarte.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADOLESCENTES 2018

¿Y ENTONCES…?

Heather Quintana

Lecturas Devocionales para Adolescentes 2018

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