Sábado 13 de enero 2018 | Devoción Matutina para Damas | Sueños rotos

“José tuvo un sueño” (Gén. 37:5).

Los roperos son museos de sueños rotos: vestidos que compramos con la esperanza de tener una ocasión especial en la que usarlos, zapatos que nos ponemos una sola vez, y esos conjuntos que casi no nos servían, pero los compramos igual pensando que perderíamos un par de kilos… y nunca lo hicimos.
Hace poco, tuve que hace lugar en mi atestado ropero. Mientras descartaba despiadadamente ropas que eran muy viejas o que ya no me quedaban, encontré el vestido. Lo había comprado hacía quince años porque era la vestimenta perfecta para una ocasión especial. Aunque en el momento no lo necesitaba, lo compré porque me hacía sentir joven, delgada y atractiva.
Con el paso de los años, lo usé una sola vez, pero era tan hermoso que lo guardé, pensando que habría otra ocasión en que lo volvería a usar, y volvería a sentirme joven, delgada y atractiva. Pero, analizando el asunto hace unos días, me vi forzada a admitir que mi maravilloso vestido no solo había pasado de moda, sino que además ya no quedaba bien en mi cuerpo de mediana edad.
Lloré mientras ponía el vestido, todavía hermoso, en la bolsa para llevar a la tienda de segunda mano. Lloré por los sueños que nunca se hicieron realidad; por las veces en que quise sentirme joven y atractiva; por esas ocasiones que nunca llegaron. La vida está repleta de sueños rotos, y ese vestido era un símbolo de los míos.
Y recuerdo a otra persona que también tuvo sueños rotos: José, el soñador, el hijo preferido de su padre, Jacob. Con seguridad, José lloró cuando sus hermanos lo traicionaron y lo vendieron como esclavo. Debió de haber llorado, aunque sea internamente, cuando la esposa de Potifar mintió sobre él y lo pusieron en la cárcel. Pero, a pesar de las decepciones y las injusticias, no le dio la espalda a Dios. Con el tiempo, Dios usó los sueños de José de una manera mucho más grande de lo que él había imaginado: para salvar a una nación entera de la hambruna. En el proceso, Dios le dio nuevos sueños y nuevas realidades mucho más audaces: ser primer ministro de Egipto, salvador de su propia familia, y poder, finalmente, reunirse con su amado padre.
De la historia de José aprendemos que a Dios le importan nuestros sueños; y también, que sus sueños son mucho más grandes que los nuestros. Aveces, Dios demora el cumplimiento de nuestros sueños para que pueda ocurrir un bien mayor. Al llorar por mi vestido, me di cuenta de que los sueños de Dios para mí siempre han sido más grandes que un vestido. En incontables ocasiones, él ha tomado mis sueños rotos y los ha usado para el bien de otros y para su gloria. Entregar mis sueños a Dios es lo más seguro para mí.

CARLA BAKER
es directora del Ministerio de la Mujer en la División Norteamericana.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA DAMAS 2018
BENDECIDA
Ardis Dick Stenbakken
Lecturas Devocionales para Mujeres 2018

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