Notas de Elena | Sábado 30 de abril 2016 | Descanso en Cristo | Escuela Sabática
Sábado 30 de abril
A medida que la mente se espacia en Cristo, el carácter es modelado a la semejanza divina. Los pensamientos son saturados de un sentido de su bondad, de su amor. Contemplamos su carácter, y así él está en todos nuestros pensamientos. Su amor nos abarca… Al contemplar, somos conformados a la semejanza divina, a la semejanza de Cristo. Ante todos aquellos con quienes nos asociamos reflejamos los brillantes y alegres rayos de su justicia. Hemos sido transformados en carácter; pues el corazón, el alma, la mente, han sido irradiados por el reflejo de Aquel que nos amó y dio su vida por nosotros (Testimonios para los ministros, pp. 394, 395).
La verdad ha de implantarse en el corazón. Ha de dominar la mente y los afectos. Todo el carácter debe ser amoldado por las declaraciones divinas. Cada jota y tilde de la Palabra de Dios ha de ser puesto en práctica en la vida diaria.
El que llegue a ser participante de la naturaleza divina estará en armonía con la gran norma de justicia de Dios, su santa ley. Esta es la regla por la cual Dios mide las acciones de los hombres. Esta será la prueba del carácter en el juicio…
Cristo depuso su vida para expiar la transgresión que el hombre hiciera de la ley. Si la ley pudiera haber sido cambiada o puesta a un lado, entonces Cristo no habría necesitado ser muerto. Por su vida sobre la tierra, él honró la ley de Dios. Por su muerte, la estableció. El dio su vida como sacrificio, no para destruir la ley de Dios, no para crear una norma inferior, sino para que la justicia pudiera ser mantenida, para demostrar la inmutabilidad de la ley, para que permaneciera para siempre.
Satanás había aseverado que era imposible para el hombre obedecer los mandamientos de Dios; y es cierto que con nuestra propia fuerza no podemos obedecerlos. Pero Cristo vino en forma humana, y por su perfecta obediencia probó que la humanidad y la divinidad combinadas pueden obedecer cada uno de los preceptos de Dios (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 254, 255).
Así como el árbol del conocimiento fue colocado en el medio del huerto del Edén, también el mandamiento que atañe al sábado fue colocado en medio del Decálogo. Respecto del fruto del árbol del conocimiento, la prohibición fue ésta: “No comeréis de él… porque no muráis” (Génesis 3:3). Dijo Dios acerca del sábado: No lo contaminaréis, sino que lo santificaréis. “Acordarte has del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8).
Así como el árbol del conocimiento fue la prueba de la obediencia de Adán, también el cuarto mandamiento es la prueba que Dios ha dado para probar la lealtad de todo su pueblo.
El sábado es una señal entre Dios y su pueblo. Es un día santo, dado por el Creador al hombre como día de reposo, para reflexionar sobre las cosas sagradas. Dios dispuso que fuera observado a través de las edades como un pacto eterno. Debía considerárselo como un tesoro peculiar, como un legado que debía ser cuidadosamente preservado (Nuestra elevada vocación, p. 345).

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