Notas de Elena | Sábado 3 de septiembre 2016 | Jesús les decía: “Síganme” | Escuela Sabática


Sábado 3 de septiembre

De todas las criaturas, la oveja es una de las más tímidas e indefensas, y en el Oriente el cuidado del pastor por su rebaño es incansable e incesante…
Mientras el pastor guía su rebaño por sobre las colinas rocosas, a través de los bosques y de las hondonadas desiertas, a los rincones cubiertos de pastos junto a la ribera de los ríos; mientras lo cuida en las montañas durante las noches solitarias, lo protege de los ladrones y con ternura atiende a las enfermizas y débiles, su vida se unifica con la de sus ovejas. Un fuerte lazo de cariño lo une a los objetos de su cuidado. Por grande que sea su rebaño, él conoce cada oveja. Cada una tiene su nombre, al cual responde cuando la llama el pastor. Como un pastor terrenal conoce sus ovejas, así el divino Pastor conoce su rebaño, esparcido por el mundo. “Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice el Señor Jehová”. Jesús dice: “Te puse nombre, mío eres tú”. “He aquí que en las palmas te tengo esculpida”… Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual el Salvador murió. Las penas de cada uno conmueven su corazón. El clamor por auxilio penetra en su oído. El vino para atraer a todos los hombres a sí. Los invita: “Seguidme”, y su Espíritu obra en sus corazones para inducirlos a venir a él. Muchos rehúsan ser atraídos. Jesús conoce quiénes son. Sabe también quiénes oyen alegremente su llamamiento y están listos para colocarse bajo su cuidado pastoral. Él dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen”. Cuida a cada una como si no hubiera otra sobre la faz de la tierra. “A sus ovejas llama por nombre, y las saca… y las ovejas le siguen, porque conocen su voz”. Los pastores orientales no arrean sus ovejas. No se valen de la fuerza o del miedo, sino que van delante y las llaman. Ellas conocen su voz, y obedecen el llamado (El Deseado de todas las gentes, pp. 444-446).
La relación de Cristo con su pueblo se compara a la del pastor con su rebaño. Después de la caída, vio a sus ovejas en una condición deplorable y expuestas a una destrucción segura. Abandonó los honores y la gloria de la casa de su Padre para ser pastor y salvar… a las ovejas errantes que estaban por perecer. Se escuchó su voz bondadosa llamándolas a su redil: un refugio seguro contra la mano de los ladrones; también un techo contra el calor ardiente y un reparo contra la crudeza del frío. Se preocupaba constantemente por el bien del rebaño. Fortalecía a las débiles, alimentaba a las que sufrían algún padecimiento, tomaba en sus brazos a los corderitos del rebaño y los llevaba en su regazo. Sus ovejas lo aman. Sale delante de ellas y las ovejas escuchan su voz y lo siguen. “Mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:5). Cristo dice: “Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor su vida da por las ovejas”… Cristo es el Príncipe de los pastores. Él ha confiado a sus pastores ayudantes el cuidado de su rebaño. Pero de estos pastores requiere el mismo interés por sus ovejas que él siempre les ha manifestado, y que sientan constantemente la responsabilidad del trabajo que les ha encomendado… Si imitan la abnegación de su ejemplo, el rebaño prosperará bajo el cuidado de ellos… entonces trabajarán constantemente por el bienestar del rebaño (Exaltad a Jesús, p. 190).

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