Notas de Elena | Sábado 23 de septiembre 2017 | Gloriarse en la cruz | Escuela Sabática

Sábado 23 de septiembre
La lección que Dios desea que toda la humanidad aprenda de la experiencia del rey de Babilonia es que él puede humillar a todos los orgullosos. Nabucodonosor tuvo que aprender, con la ayuda de una severa disciplina, la lección de que Dios, y no el hombre, es el Soberano y que su reino es un reino eterno. De manera que el hombre en la actualidad también debe aprender que Dios es supremo. Cuando los hombres tienen éxito en la causa del Señor, es porque Dios les ha dado ese éxito, y no para su gloria personal, sino para Gloria de Dios. Quien trate de robar un rayo de luz de la gloria del Señor verá que tendrá que ser castigado por su presunción…
Déjese que la gente se vanaglorie en su propia sabiduría; déjese que exalten el yo y complazcan el orgullo, y el resultado es inevitable. Con la misma seguridad con que el sol brilla durante el día, el orgullo se dirige hacia la destrucción y el espíritu altanero encontrará su caída. Si una iglesia se vuelve orgullosa y jactanciosa, ciertamente será humillada. Si los encargados de cualquier institución se toman presuntuosos y se atribuyen el crédito por el éxito que han tenido en ciertas líneas de actividad, si se vanaglorian de su sabiduría y eficiencia, serán indefectiblemente humillados (El ministerio de publicaciones, pp. 139, 140).
Si los hombres pudiesen ver por un momento más allá del alcance de la visión finita, si pudiesen discernir una vislumbre de lo eterno, toda boca dejaría de jactarse. Los hombres que viven en este pequeño átomo del universo son finitos; Dios tiene mundos innumerables que obedecen a sus leyes, y son conducidos para gloria suya. Cuando en sus investigaciones científicas los hombres han ido hasta donde se lo permiten sus facultades mentales, queda todavía más allá un infinito que no pueden comprender.
Antes que los hombres puedan ser verdaderamente sabios, deben comprender que dependen de Dios, y deben estar henchidos de su sabiduría. Dios es la fuente tanto del poder intelectual como del espiritual. Los mayores hombres, que han llegado a lo que el mundo considera como admirables alturas de la ciencia, no pueden compararse con el amado Juan o el apóstol Pablo. La más alta norma de virilidad se alcanza cuando se combina el poder intelectual con el espiritual. A los que hacen esto, Dios los aceptará como colaboradores consigo en la preparación de las mentes.
Grande conocimiento es el conocerse a sí mismo. El maestro que se estime debidamente permitirá que Dios amolde y discipline su mente. Y reconocerá la fuente de su poder… El conocimiento propio lleva a la humildad y a confiar en Dios; pero no reemplaza a los esfuerzos para el mejoramiento de uno mismo. El que comprende sus propias deficiencias no escatimará empeño para alcanzar la más alta norma de la excelencia física, mental y moral. Ninguno que esté satisfecho con una norma inferior debiera tener parte en la educación de los jóvenes (Consejos para los maestros, p. 65).

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