Notas de Elena | Sábado 14 de octubre 2017 | La condición humana | Escuela Sabática

Sábado 14 de octubre
Satanás logró la caída del hombre, y desde entonces su tarea ha consistido en borrar en él la imagen de Dios, y estampar en los corazones humanos su propia imagen… Intercepta todo rayo de luz que viene de Dios al hombre, y se apodera de la adoración que le corresponde a Dios…
Pero el unigénito hijo de Dios contempló la escena y observó el sufrimiento y la miseria humanos… Consideró las tretas mediante las cuales Satanás trata de extirpar del alma humana todo rasgo de semejanza a Dios; cómo los indujo a la intemperancia para destruir las facultades morales que Dios les ha dado como un don preciosísimo e inapreciable. Vio cómo por medio de la complacencia del apetito se destruía el poder del cerebro y se arruinaba el templo de Dios…
La gran condescendencia de Dios es un misterio que está más allá de nuestro alcance. La grandeza del plan no puede ser comprendida plenamente, ni puede la sabiduría infinita idear un plan que lo sobrepuje…
De tal manera amó Dios al mundo que se dio a sí mismo en Cristo al mundo para pagar la pena de la transgresión del hombre. Dios sufrió con su Hijo, como solo pudiera sufrir el Ser divino, a fin de que el mundo fuera reconciliado con él (God’s Amazing Grace, p. 161; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, p. 161).
Muchos están engañados acerca de la condición de su corazón. No comprenden que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío. Se envuelven con su propia justicia y están satisfechos con alcanzar su propia norma humana de carácter. Sin embargo, cuán fatalmente fracasan cuando no alcanzan la norma divina y, por sí mismos, no pueden hacer frente a los requerimientos de Dios.
Podemos medimos a nosotros por nosotros mismos, podemos comparamos entre nosotros mismos; quizá digamos que nos portamos tan bien como éste o aquél, pero la pregunta por la que se demandará una respuesta en el juicio es: ¿Llenamos los requisitos de las demandas del alto cielo? ¿Alcanzamos la norma divina? ¿Están en armonía nuestros corazones con el Dios del cielo? (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 376, 377).
Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pe-cado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo (La fe por la cual vivo, p. 113).

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