Notas de Elena | Miércoles 8 de junio 2016 | La Segunda Venida de Cristo | Escuela Sabática
Miércoles 8 de junio: La Segunda Venida de Cristo
Necesitamos estar anclados en Cristo, arraigados y fundados en la fe. Satanás obra mediante sus instrumentos. Elige a los que no han estado bebiendo de las aguas vivas, cuyas almas están sedientas de algo nuevo y extraño, y que están siempre listos para beber de cualquier fuente que se les presente. Se oirán voces que dirán: “He aquí está Cristo”, o “Allí está”; pero no debemos creerles. Tenemos evidencias inconfundibles de la voz del verdadero Pastor, y él nos llama para que lo sigamos. Dice: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre” (Juan 15:10). Conduce a sus ovejas por las sendas de la obediencia humilde a la ley de Dios, pero nunca los anima a transgredirla (A fin de conocerle, p. 302).
Pronto aparece en el este una pequeña nube negra, de un tamaño como la mitad de la palma de la mano. Es la nube que envuelve al Salvador y que a la distancia parece rodeada de obscuridad. El pueblo de Dios sabe que es la señal del Hijo del hombre. En silencio solemne la contemplan mientras va acercándose a la tierra, volviéndose más luminosa y más gloriosa hasta convertirse en una gran nube blanca, cuya base es como fuego consumidor, y sobre ella el arco iris del pacto. Jesús marcha al frente como un gran conquistador. Ya no es “varón de dolores”, que haya de beber el amargo cáliz de la ignominia y de la maldición; victorioso en el cielo y en la tierra, viene a juzgar a vivos y muertos. “Fiel y veraz”, “en justicia juzga y hace guerra”.
“Y los ejércitos que están en el cielo le seguían” (Apocalipsis 19:11, 14, VM). Con cantos celestiales los santos ángeles, en inmensa e innumerable muchedumbre, le acompañan en el descenso. El firmamento parece lleno de formas radiantes, “millones de millones, y millares de millares”. Ninguna pluma humana puede describir la escena ni mente mortal alguna es capaz de concebir su esplendor. “Su gloria cubre los cielos, y la tierra se llena de su alabanza. También su resplandor es como fuego” (Habacuc 3:3, 4, VM). A medida que va acercándose la nube viviente, todos los ojos ven al Príncipe de la vida. Ninguna corona de espinas hiere ya sus sagradas sienes, ceñidas ahora por gloriosa diadema. Su rostro brilla más que la luz deslumbradora del sol de mediodía. “Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Apocalipsis 19:16).
Con las cabezas levantadas, con los brillantes rayos del sol de justicia refulgiendo sobre ellos, regocijándose porque su redención está cerca [los santos vivos] salen en busca del Esposo, diciendo: “He aquí, éste es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará” (Isaías 25:9) (¡Maranata: El Señor viene!, p. 286).

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