Notas de Elena | Miércoles 6 de diciembre 2017 | Ammi: “Mi pueblo” | Escuela Sabática

Miércoles 6 de diciembre: Ammi: “Mi pueblo”
“Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener miseri-cordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea gloria por siglos”.
Así muestra Pablo que Dios es abundantemente capaz de transfor-mar el corazón del judío y del gentil igualmente y de conceder a todo creyente en Cristo las bendiciones prometidas a Israel. El repite las declaraciones de Isaías concernientes al pueblo de Dios: “Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena de la mar, las reliquias serán salvas: porque palabra consumadora y abreviadora en justicia, porque palabra abreviada, hará el Señor sobre la tierra. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado simiente, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra fuéramos seme-jantes (Los hechos de los apóstoles, p. 304).
Puede parecer a veces que el Señor olvidó los peligros de su iglesia y el daño que le han hecho sus enemigos. Pero Dios no olvidó. Nada hay en este mundo que su corazón aprecie más que su iglesia. No quiere que una conducta mundanal de conveniencias corrompa su foja de servicios. No quiere que sus hijos sean vencidos por las tentaciones de Satanás. Castigará a los que le representen mal, pero será miseri-cordioso para con todos los que se arrepientan sinceramente. A los que le invocan para obtener fuerza con que desarrollar un carácter cristiano les dará toda la ayuda que necesiten.
En el tiempo del fin, los hijos de Dios estarán suspirando y cla-mando por las abominaciones cometidas en la tierra. Con lágrimas advertirán a los impíos el peligro que corren al pisotear la ley divina, y con tristeza indecible y penitencia se humillarán delante del Señor. Los impíos se burlarán de su pesar y ridiculizarán sus solemnes súplicas; pero la angustia y la humillación de los hijos de Dios dan evidencia inequívoca de que están recobrando la fuerza y nobleza de carácter perdidas como consecuencia del pecado. Porque se están acercando más a Cristo y sus ojos están fijos en su perfecta pureza, disciernen tan claramente el carácter excesivamente pecaminoso del pecado. La mansedumbre y humildad de corazón son las condiciones indispensa-bles para obtener fuerza y para alcanzar la victoria. Una corona de gloria aguarda a los que se postran al pie de la cruz (Profetas y reyes, p. 433).
Jesús observa nuestros esfuerzos con el mayor interés. Él sabe que los que hacen su obra son hombres que llevan todas las enfermedades de la humanidad y toma nota de sus fracasos y desilusiones con la mayor compasión. Pero los fracasos y defectos pudieran ser menores de lo que son ahora. Si marchamos en armonía con el cielo, los ángeles ministradores trabajarán con nosotros y coronarán nuestros esfuerzos con éxito (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 397).

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