Notas de Elena | Miércoles 25 de mayo 2016 | “¿Qué hay en esto para nosotros?” | Escuela Sabática
Miércoles 25 de mayo: “¿Qué hay en esto para nosotros?”
Pedro fue el primero en reponerse de la secreta convicción obrada por las palabras del Salvador. Pensó con satisfacción en lo que él y sus hermanos habían abandonado por Cristo. “He aquí —dijo— nosotros hemos dejado todo, y te hemos seguido”. Recordando la promesa condicional hecha al joven príncipe, “tendrás tesoro en el cielo”, ahora preguntó qué habían de recibir él y sus compañeros como recompensa por sus sacrificios.
La respuesta del Salvador emocionó los corazones de aquellos pescadores galileos. Pintó honores que sobrepujaban sus más altos sueños: “De cierto os digo, que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando se sentará el Hijo del hombre en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”. Y añadió: “No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o heredades, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien tantos ahora en este tiempo, casas, y hermanos y hermanas, y madres, e hijos, y heredades, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna”.
Mas la pregunta de Pedro: “¿Qué, pues, tendremos?” había revelado un espíritu que, de no ser corregido, haría ineptos a los discípulos para ser mensajeros de Cristo: era el espíritu del asalariado. Aunque habían sido atraídos por el amor de Cristo, los discípulos no estaban completamente libres de fariseísmo. Todavía trabajaban con el pensamiento de merecer una recompensa en proporción a su labor. Acariciaban un espíritu de exaltación y complacencias propias, y hacían comparaciones entre ellos. Cuando alguno de ellos fracasaba en algún respecto, los otros se sentían superiores…
El Señor desea que confiemos en él sin hacer preguntas con respecto a nuestra recompensa. Cuando Cristo mora en el alma, el pensamiento de recompensa no primará. Este no es el motivo que impulsa nuestro servicio. Es cierto que, en un sentido secundario, debemos tener en cuenta la recompensa. Dios desea que apreciemos las bendiciones que nos ha prometido. Pero no quiere que estemos muy ansiosos por la remuneración, ni que pensemos que por cada deber hemos de recibir un galardón. No debemos estar tan ansiosos de obtener el premio, como de hacer lo que es recto, independientemente de toda ganancia. El amor a Dios y a nuestros semejantes debe ser nuestro motivo (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 326-329).
Esta parábola es una amonestación a todos los obreros, por largo que sea su servicio, por abundantes que sean sus labores, acerca de que sin el amor hacia los hermanos, sin humildad ante Dios, ellos no son nada. No hay religión en la entronización del yo. Aquel que hace de la glorificación propia su blanco, se hallará destituido de aquella gracia que es lo único que puede hacerlo eficiente en el servicio de Cristo. Toda vez que se condesciende con el orgullo y la complacencia propia, la obra se echa a perder.
No es la cantidad de tiempo que trabajamos, sino nuestra pronta disposición y nuestra fidelidad en el trabajo, lo que lo hace aceptable a Dios. En todo nuestro servicio se requiere una entrega completa del yo. El deber más humilde, hecho con sinceridad y olvido de sí mismo, es más agradable a Dios que el mayor trabajo cuando está echado a perder por el engrandecimiento propio. Él mira para ver cuánto del Espíritu de Cristo abrigamos y cuánta de la semejanza de Cristo revela nuestra obra.
Él considera mayores el amor y la fidelidad con que trabajamos que la cantidad que efectuamos.
Tan solo cuando el egoísmo está muerto, cuando la lucha por la supremacía está desterrada, cuando la gratitud llena el corazón, y el amor hace fragante la vida, tan solo entonces Cristo mora en el alma, y nosotros somos reconocidos como obreros juntamente con Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 332).

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