Notas de Elena | Miércoles 21 de septiembre 2016 | Preparación para la cosecha final mientras esperamos | Escuela Sabática


Miércoles 21 de septiembre:
Preparación para la cosecha final mientras esperamos

Hoy día, en el gran campo de la mies, Dios necesita sembradores y segadores. Recuerden los que salen a trabajar, algunos para sembrar y otros para segar, que nunca han de atribuirse la gloria y el éxito de su obra. Los agentes de Dios han estado antes que ellos preparando el camino para la siembra de la simiente y la siega de la mies… Los que siembran la semilla, presentando ante congregaciones grandes y pequeñas la verdad decisiva para este tiempo, a costa de mucho trabajo, no recogen tal vez siempre la mies. Muchas veces los obreros del Señor encuentran acerba oposición, y su obra es estorbada. Ellos hacen lo mejor que pueden; con esfuerzo ferviente y esmerado, siembran la buena simiente. Pero el elemento de oposición se vuelve más y más violento. Algunos de los oyentes pueden estar convencidos de la verdad, pero quedan intimidados por la oposición manifestada, y no tienen el valor de reconocer sus convicciones…
La semilla sembrada en medio de pruebas y desaliento demostrará tener vida en sí. La adversidad, el pesar, la pérdida de bienes, los cambios de la providencia de Dios, recordarán con vivida claridad las palabras dichas años atrás por el fiel siervo de Dios. La semilla sembrada nace y da fruto. Dios necesita hombres y mujeres prudentes que quieran trabajar ardorosamente para hacer la obra a ellos confiada. Los empleará como instrumentos suyos en la conversión de las almas. Algunos sembrarán, y algunos segarán la mies de la semilla sembrada. Haga cada uno lo mejor que pueda para aprovechar sus talentos, a fin de ser sembrador o segador (Obreros evangélicos, pp. 425, 426).
La obra de los ángeles consiste en acercarse a los probados, dolientes o tentados. Trabajan incansablemente en favor de aquellos por quienes Cristo murió… De todo esfuerzo de nuestra parte por disipar las tinieblas y difundir el conocimiento de Cristo, se lleva un informe al cielo. Y al referirse la acción ante el Padre, el gozo conmueve todas las huestes celestiales. Los principados y las potestades de los cielos están contemplando la guerra que, en circunstancias aparentemente desalentadoras, están riñendo los siervos de Dios. Se verifican nuevas conquistas, se ganan nuevos honores a medida que los cristianos, congregándose en derredor del estandarte de su Redentor, salen a pelear la buena batalla de la fe. Todos los ángeles celestiales están al servicio de los humildes y creyentes hijos de Dios; y cuando el ejército de obreros canta aquí en la tierra sus himnos de alabanza, el coro celestial se une a él para tributar loor a Dios y a su Hijo (Los hechos de los apóstoles, pp. 124, 125).
No es el poder que emana del hombre el que da éxito a la obra, sino que el poder de los seres celestiales que cooperan con los agentes humanos lleva la obra a la perfección. Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios en la obra. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que Dios es el gran artífice Maestro (Servicio cristiano, p. 322).

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