Notas de Elena | Miércoles 20 de julio 2016 | Promesas de Jubileo | Escuela Sabática


Miércoles 20 de julio: Promesas de Jubileo
Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: “¡Veis aquí el Dios vuestro!’* Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos. La luz del Sol de Justicia ha de brillar en buenas obras, en palabras de verdad y hechos de santidad.
Cristo, el resplandor de la gloria del Padre, vino al mundo como su luz. Vino a representar a Dios ante los hombres, y de él está escrito que fue ungido “de Espíritu Santo y de potencia” y “anduvo haciendo bienes’’. En la sinagoga de Nazaret dijo: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha para enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad,
y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor”. Esta era la obra que él recomendó a sus discípulos que hicieran. “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo él: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 342, 343).
No debemos apartamos del mundo para escapar de la persecución. Debemos permanecer entre los hombres, para que el sabor del amor divino pueda ser como sal que preserve al mundo de la corrupción…
Los corazones que responden a la influencia del Espíritu Santo son los conductos a través de los cuales Huyen las bendiciones de Dios…
Los que estudian la Palabra de Dios y día tras día reciben la enseñanza de Cristo, llevan el sello de los principios celestiales. Una influencia elevada y santa mana de ellos. Una atmósfera servicial rodea sus almas. Los principios puros, santos y elevados que siguen, los capacitan para dar un testimonio viviente del poder de la gracia divina (En lugares celestiales, p. 311).
Así como la línea de césped verde indica la dirección de la corriente de agua viva que la produce, se puede ver a Cristo en los actos de misericordia que señalaban cada paso de su camino. Dondequiera que fuese, brotaba la salud, y la felicidad seguía sus pasos… Los ciegos y los sordos se regocijaban en su presencia. Las palabras que dirigía a los ignorantes y pecadores les abrían una fuente de vida. El dispensaba sus bendiciones abundantemente y de continuo; eran las atesoradas riquezas de la eternidad, dadas en Cristo, el don del Padre al hombre.
Los que trabajan para Dios deben poseer un sentimiento tan profundo de que no se pertenecen, como si la estampa y el sello de identificación estuviesen en sus personas (Obreros evangélicos, pp. 120, 121).

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