Notas de Elena | Miércoles 18 de abril 2018 | Cristo en Apocalipsis: Primera parte | Escuela Sabática

Miércoles 18 de abril: Cristo en Apocalipsis: Primera parte
Al descender [Cristo] de su trono, peldaño tras peldaño, su divinidad fue velada por la humanidad. Pero en sus milagros, sus doctrinas, sus sufrimientos, su traición, en la burla que soportó, en su juicio, su muerte por crucifixión, su tumba entre los ricos, su resurrección, sus cuarenta días sobre la tierra, su ascensión, su triunfo, su sacerdocio, están contenidos los inagotables tesoros de la sabiduría, registrados para nosotros por la inspiración en la Palabra de Dios. Las aguas de vida todavía fluyen en corrientes abundantes de salvación. Los misterios de la redención, la mezcla de lo divino con lo humano en Cristo, su encarnación, sacrificio y mediación, serán suficientes para proveer para siempre a las mentes, los corazones, las lenguas y las plumas con temas para el pensamiento y la expresión. El tiempo no será suficiente para agotar las maravillas de la salvación, porque Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante las edades eternas. Para siempre continuarán produciéndose nuevas evidencias de la perfección y la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Y ahora corresponde manifestar una confianza perfecta en su mérito y su gracia; hay que desconfiar de uno mismo y tener una fe viviente en él (Exaltad a Jesús, p. 34).
El Señor nos vio en una condición desesperada y envió a nuestro mundo al único mensajero a quien le podía confiar su gran tesoro de perdón y gracia. Cristo, el Hijo unigénito de Dios, fue el mensajero delegado. Se le encomendó la realización de una obra que ni siquiera los ángeles del cielo habrían podido cumplir. Únicamente a él se le podía encomendar la tarea requerida para la redención de un mundo completamente endurecido y desfigurado por la maldición. Y en esta dádiva el Padre le entregó todo el cielo al mundo (Exaltad a Jesús, p. 202).
Cristo está listo para recibir a todos los que llegan a él con sinceridad… Él es nuestra única esperanza. Él es nuestro alfa y omega. Es nuestro sol y nuestro escudo, nuestra sabiduría, nuestra santificación, nuestra justicia. Solamente por su poder nuestros corazones pueden ser mantenidos todos los días en el amor de Dios (Desde el corazón, p. 120).
Cuando Cristo vuelva a la tierra, los hombres no le verán como preso rodeado por una turba. Le verán como Rey del cielo. Cristo volverá en su gloria, en la gloria de su Padre y en la gloria de los santos ángeles. Miríadas y miríadas, y miles de miles de ángeles, hermosos y triunfantes hijos de Dios que poseen una belleza y gloria superiores a todo lo que conocemos, le escoltarán en su regreso. Entonces se sentará sobre el trono de su gloria y delante de él se congregarán todas las naciones. Entonces todo ojo le verá y también los que le traspasaron. En lugar de una corona de espinas, Elevará una corona de gloria, una corona dentro de otra corona. En lugar de aquel viejo manto de grana, Elevará un vestido del blanco más puro, “tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos”. Marcos 9:3. Y en su vestidura y en su muslo estará escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”. Apocalipsis 19:16 (El Deseado de todas las gentes, p. 688).

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